Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Las otras vidas
8 octubre 2010

Cuando ella leía, en aquella habitación con olor a velas o incienso, junto a la ventana que daba a un jardín que separaba la casa del ruido del tráfico, bajo las últimas luces de la tarde, escuchando un recopilatorio de Los secretos o algún concierto de Ismael Serrano que le hacía recordar un tiempo que, quizás, jamás le perteneció, tenía el pelo pintado de reflejos o de sombras y el rostro iluminado por un extraño color dorado, a la vez otoñal y floreciente, y matices de tinta que a veces a veces fingían siluetas inexistentes en su cara cuando, sin darse cuenta, se acercaba una pluma a la mejilla, y cuando se giraba hacia la cama, en el rincón más oscuro a la habitación, veía mirándola a un hombre que no era yo.

Cuando fuimos artistas, o fracasados, yo pasaba las noches escribiendo en una habitación, en un barrio sobre una colina en una ciudad pequeña de interior que no tenía más sangre que los cerezos ni más sombra que la umbría arquitectura de su penumbra . Dediqué meses a escribir mi primera novela. Nunca llegué a terminarla y los mecanoscritos de aquella época se perdieron durante varios años en alguna carpeta de cartón que sobrevivió a varias mudanzas hasta una mañana en que la encontré entre varios trastos olvidados y la tiré al contenedor de reciclaje sin hacer ademán de releerla. Fue mi última novela, una obra inacabada de un artista que moría joven o de un intelectual vencido por el romanticismo de la bohemia o por la sugerente belleza del arte exclusivo, individual de puro selecto. En aquella casa no había ni un solo personaje: sólo sombras llenas de fantasmas literarios y novelas que no existían.

Imagino que nos podríamos haber cruzado en alguna ciudad de la costa, paseando sobre el enlosetado gris de una plaza cuyo nombre he olvidado, ella con su flequillo recto sobre los ojos, una camiseta de tirantes y una falda de tela fina a rayas, yo con mi viejo abrigo largo con la capucha mal colocada sobre la espalda, desafeitado como un cielo de otoño, y oscuro como una canción de finales de los años ochenta (también en tiempos distintos podría haberla imaginado caminando cerca de mí, incluso en un lugar remoto, aunque fuera en un instante breve e inexistente, amparado en la compasión imaginaria de las otras vidas, las que no nos pertenecieron y que no fueron ni arte ni literatura ni ensayo, tan solo un extraño suspiro de la ficción).

Lecturas de verano
8 agosto 2010

Ultimo los últimos trabajos de la semana pensando en los libros que llevaré en la mochila durante los pocos días de vacaciones que tendré este año.

Últimamente tengo en la mesa, siempre a mano, además de Poeta en Nueva York,  un par de libros de cuentos muy interesantes: uno de Dostoyevski, otro de Pío Baroja. Miro de soslayo las últimas novelas de Philip Roth, Paul Auster y Antonio Muñoz Molina, pero desde la estantería que hay justo a mi derecha reclaman mi atención Pérez Galdós y Unamuno. Creo que no leeré a Stieg Larsson este año tampoco, porque me debo un rato con Virgina Woolf y, sobre todo, con Chesterton.

Me apetece también releer Tiempo de Silencio y sé que debo sumergirme de nuevo en La hierba roja de Boris Vian. Me he dejado para el verano que viene los clásicos griegos, hacia los que siento un vértigo de lector amateur. Hace tiempo que no leo Platero y yo ni El principito, y quiero también recordar los Siete manifiestos dada, por si se me olvida que hay ciertas cosas que no tienen sentido.

Borges está ahí también, me apetece vovler a Jim Botón y Lucas el Maquinista de Ende, porque esa clase de literatura infantil es la que me ha hecho (una literatura sin magia, sino con dragones y locomotoras personificadas de una forma lógica, coherente dentro de la novela). Las traducciones que Cortázar hizo de Edgar Allan Poe llevan año y pico en la estantaría llamándome y ahora que las veo recuerdo que quiero releer Rayuela, porque es un libro que nunca se termina de leer (eso es una ventaja).

Google publicó hace unos días la cifra del censo de libros de la historia de la humanidad, es un número que no recuerdo, ni falta que hace. Uno no sólo no tiene tiempo de leerlos todos a lo largo de una vida, sino que además llavaría décadas leer los imprescindibles. Entenderlos, será también complicado.

Reviso el estante de las pocas obras chinas que tengo y me reencuentro con El corazón de la literatura y el cincelado de dragones, que es el ensayo literario con el título más bello que se ha escrito jamás, y lo devuelvo a su sitio. El año que viene, el verano que viene, tengo que haber hecho todo esto de terminar con la procrastinación literaria.

Frogs
8 junio 2009

Do you think Noah had to bring extra insects to feed the frogs? If so, were they told ahead of time they were the food insects versus the repopulating the world insects and if so to that, were they in a cabin like coach where they had to bring pre-purchased snacks?

Zach Braff

¿Crees que Noé tuvo que llevar insectos demás para que comieran las ranas? Y si fue así, ¿se les dijo de antemano que eran los insectos de comida en lugar de los insectos que iban a repoblar el mundo? Y si fue así, ¿viajaban en una cabina a parte donde tenían que llevar comida envasada?

Más o menos, Zach Braff

The end
8 septiembre 2008

(viene de Vuelo 714)

Poco antes de cumplir catorce años, a principios de verano, celebramos una pequeña fiesta de despedida los que terminamos la EGB aquel año. Hubo una pequeña ceremonia, la entrega de unos diplomas, creo recordar, y un pequeño aperitivo que debió consistir en algunos frutos secos y refrescos. En aquel salón de actos del colegio de mi barrio, con el orden propio de un colegio religioso, aunque no de curas, fuimos subiendo en pequeños grupos para recoger aquellos diplomas, obsequios, recuerdos o presentes, fuera lo que fueran, cada uno junto a uno de los cinco profesores que aguardaban de pie, en fila. Al subir las escaleras hacia el escenario, me di cuenta casi sin sorpresa de que iba a suceder una pequeña casualidad: la aleatoriedad del orden en que subíamos me situó justo delante de don Eugenio, el profesor de ciencias con el que aprendí a calcular áreas y volúmenes, velocidades finales en caídas libres, sistemas de ecuaciones, parábolas y, además, algo a lo que aún no sé poner nombre, pero que de alguna forma he llevado dentro de mí desde entonces, no sé si como piedra angular de una manera de vivir o como mero amuleto. El azar me podría haber situado en aquella despedida oficial frente al profesor de historia, o la profesora de lengua e inglés, pero mis pasos se detuvieron protocolariamente frente a los pies de don Eugenio. Fué él quien me entregó el diploma un instante antes de que yo musitara una palabra de agradecimiento que sonó poco convincente y también poco convencida, porque en aquel momento no pensé que estuviera realmente despidiéndome para siempre de la mayoría de aquellas personas -era propio de quienes siempre habíamos estudiado allí, tener en junio la certeza de que en septiembre volveríamos a sentarnos en aquellas clases que envejecían como los profesores y que, en parte, hicieron de mí un niño viejo-. Jamás volví a ver a don Eugenio, salvo en alguna ocasión en que el recuerdo urdió un sueño en el que él aparecía: era yo de nuevo un alumno suyo, ya crecido, con mi edad actual, pero dueño de la misma cabeza fugitiva que se agazapaba entre el resto de alumnos en un intento inútil por ocultar la negligencia con que había dejado mis ejercicios sin resolver -cuántas curvas olvidadas, cuántos números sin calcular, cuántas operaciones en el limbo de la matemática, cuántos triángulos sin área conocida-.

Ahora comprendo por qué no tuve la normal sensación de despedida aquel día en el salón de actos del colegio. Aunque cambié de centro, vivía en el mismo piso de siempre, de modo que los cambios que se produjeron en mi vida fueron pequeños matices: en lugar de cruzar la calle y bajar la avenida hacia el colegio, subía por mi acera hacia el instituto; en vez de salir a callejear con mis compañeros del colegio, salía por la noche con mis nuevos amigos del instituto; ya no recibía clases de don Eugenio, ni rezaba el Ave María por la mañana, pero durante un par de años don Rafael, hombre que ostentaba el difícil y honorable récord de ser la única persona capaz de ser don Rafael, corredor de pasillos de sempiterna puntualidad, nos instruía en matemáticas con la intensidad del rayo en que se convertía para ir de una clase a otra. Más tarde fui a la Facultad de Ciencias, en cuyas aulas jamás llegué a sentarme: había algo para lo que no encuentro nombre que me hacía alejarme de los números y las hipérbolas, ya se había tejido en mí la crisálida de ese extraño insecto que inocula en los hombres la necesidad de la escritura, para entonces ya prefería las calles nubladas del centro de Granada a las clases somníferas de álgebra y cálculo.

Aunque mi relación con don Eugenio nunca fue tan idílica como la de Alfredo y Totó, o como la de Pardal y su feo maestro republicano, siempre quedó un sedimento que no llegué a comprender bien hasta hace unos días. Debe ser, creo ahora, que el fantasma de aquellos años ronda aún mi devenir con alguna causa pendiente. Aquella tarde en el salón de actos del colegio, quemé una etapa de mi vida, esa en la que se construyen los cimientos del universo interior de un hombre, quizás la más importante de todas, pero no me entregué a la ceremonia de las despedidas y las lágrimas porque yo ya vivía en mi nuevo mundo, fue aquél el momento en que empecé a construir lo que, para bien o para mal, soy hoy, una sucesión de etapas inconclusas, de causas pendientes que colecciono tal vez como piedras angulares, tal vez como meros amuletos. Por eso tengo que escribir aquí y ahora, rendirme a la interminable sucesión de palabras que inunda la vida de cada hombre, porque quedan historias por contar, recuerdos enterrados, ficciones y farsas que se confunden con la verdad que otros creerán poseer. Aquí y ahora, no sé si como piedra angular de mí mismo o como mero amuleto, como una treta fugitiva, como una manera de agachar la cabeza y esconderme en el lugar en que me muestro al mundo, me hago dueño de mis mentiras.