Archive for the ‘Personal’ Category

Tiempos
8 enero 2010

Es la misma lluvia, no lo suficientemente fría como para ser nociva, la misma noche, el mismo abrigo negro, largo, que se moja a la altura de la rodilla, el mismo hombre que tira de una solapa y la extiende para tapar el cuello, como cobijándose en sí mismo, gotas idénticas que caen sobre una ciudad diferente. Es confusa y contradictoria la atmósfera: el aire frío tersa la piel del rostro a la vez que el pecho se incendia bajo el abrigo. Las manos transidas, pálidas y amoratadas, se ciñen a unos bolsillos demasiado estrechos -es casi doloroso el roce de los nudillos con cualquier tejido, el paso del viento, suave y afilado, junto a las mejillas-; como en un sueño, el lugar es extraño pero los rostros que bailan por las aceras resultan familiares, como en un sueño en el que una persona que nos es familiar surge en un lugar desconocido.

Ha recordado el reflejo de alzar la mano o la voz, abrir la boca y ahogarse en aire gélido, para saludar a un vecino o conocido. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que se paró a hablar con alguien en una esquina? ¿Cuál fue la última vez que detuvo su paraguas junto a un comercio para felicitar el año nuevo a un vecino? Ahora un impulso instintivo le hace abrir los ojos levemente, sonreír quizás, y saludar a alguien con quien se cruza, alguien a quien no reconoce en un primer momento, que puede ser el padre de un antiguo alumno o alguien que regentó la panadería del barrio algunos meses, tiempo atrás; pero se da cuenta al instante de que es un desconocido y le sorprende el hecho de haber olvidado, por un segundo, que está en un lugar extraño.

Sin embargo, esta nueva ciudad es tan desconocida como aquella otra en la que vivía antes: la configura una trama de calles, algunas de ellas aprendidas por costumbre, otras que se extienden por lugares extraños por los que a veces se aventura a pasar, sin desviarse de su camino habitual para no sufrir retrasos -porque ahora todo exige una puntualidad ineluctable, el tiempo ha dejado de ser aquel líquido, que fluía como la lluvia sobre un rostro, y se ha convertido en una rejilla férrea-.

El tiempo en el que vive ahora se cruza con un momento del pasado: en un callejón al que ha llegado por azar se ilumina, como una gruta en la tiniebla, un pequeño taller de tapicero con las paredes desnudas y blancas y la luz fluoreceste y temblorosa, como de morgue. Entre los retales y algunos sillones desvencijados se yergue lo que al principio parece una cara, después descubre que sobre el respaldo amputado de un sofá una tela se tensa mostrando una ilustación que vio hace ya algunos años: el rostro de la cortesana china Yang Guifei ha sido tintado sobre el tejido y contempla vanidosa un brillante o algún otro tipo de joya.

Se mezclan la calidez monzónica de la ilustración y el frío terso del aire de diciembre, recuerda la el tacto húmedo de un viejo libro de teoría literaria (era frecuente, entonces, que la lluvia fuese una sorpresa fruto de la negligencia, y que el frío y el agua le sorprendieran leyendo en algún parque o en el pasillo desierto de alguna facultad). Él, detenido ante el camino a seguir, congelado durante unos segundos en el cruce de dos tiempos remotos, reconoce sobre su rostro la oscuridad de la misma noche, la misma lluvia.

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París
8 agosto 2009

París era una mancha oscura: un borrón turbio en la esperanza de unos, una calle húmeda y nocturna, llena de putas, en la memoria de otros. Habíamos leído Rayuela tantas veces que nos creíamos cómplices de una vida Bohemia que jamás conocimos.  Nos reuníamos, es cierto, y escuchábamos a John Coltrane y bebíamos whisky de marcas cada vez más caras, pero yo nunca estuve en París, ni vi el cielo derramarse sobre el río Sena esperando a una Maga casual que, cruzando un puente, me mirara desde el cobijo amarillo de su paraguas. París era un sueño lejano, el eterno porvenir de una conquista que nunca llegó, un póster de la Tour Eiffel tras el humo espeso de varios cigarrillos rubios; París era un ente ajetreado, Nuits de Saint Germain des Prés, un clarinete sutil y suave como la soledad en el recuerdo imaginario del cuello de una mujer morena, esa mezcla de olor a perfume y a piel, a lana de jersey de cuello alto, a silencio.

Cuando íbamos al ático, a Espiga le gustaba barajar las cartas sosteniendo el cigarrillo entre los labios, debía ser consciente de que el ceño se le fruncía en un rictus de piedra y humo, los demás charlaban y la Gran Vía de Granada efervescía lejana, como lava, como purgatorio, un encontronazo henchido de desengaño, un París pero al revés. Las ciudades nos reflejan tal y como somos, vísceras invertidas de hombres que un día soñaron con París, Londres, Nueva York; espectros sonoros, ébano enmascarado, veneno al fin  y al cabo, clubes de Jazz improvisados en un callejón con cartas demasiado caras para estudiantes. Nosotros teníamos a Django Reinhardt y a Pete Fountaine, sus fantasmas tocaban desde aquel equipo de música de A. Infante escondido en un mueble a la manera de un sarcófago o una botella de licor. Espiga detenía la mezcla de las cartas, escuchaba el clarinete, dulcificando su rostro con el sonido, me miraba y señalaba el vaso vacío de ron, lleno de hielo y de hielo derretido, luego repartía siete cartas a cada uno mientras yo rellenaba los vasos de todos. Qué sed de olvido ¿Pero olvido de qué? Apenas levantaban nuestros recuerdos la más leve de las menos gratas melancolías.

Yo pensaba en Baudelaire, «il me semble que je serais toutjours bien là où je ne suis pas», pero realmente se estaba bien en aquel París fingido del ático: había un bálsamo de alcohol dentro de cada uno de nosotros, había un agridulce sonoro en la habitación, París era un espectro congelado tras el humo de tabaco rubio y el Yo invertido de la ciudad se nos hacía tan lejano que parecíamos otros. Aprendimos a escribir poemas que nadie entendía, tañíamos  la guitarra con el talento de un taladro – salvo A. Infante, que siempre tuvo un tacto exquisito- y Espiga cantaba a veces o nos hablaba de Satie y de Bach. Pensaba yo por aquel entonces que el mundo se nos había quedado pequeño: cuarenta cartas de una baraja, setenta centilitros por dos botellas, sesenta y dos metros cuadrados de ático sobre varios centenares de metros de Gran Vía ¿Qué son los números en comparación con lo inconmensurable? Los deleites estaban siempre más allá, más lejos: Munch, Joyce, Ellington, Marilyn Monroe, esa extraña sensación turbia que volvía las calles del color del whisky.

Y nuestra eucaristía se extinguía cuando ya sólo quedaban en al calle borrachos y operarios que los azuzaban a golpe de manguera, el suelo mojado, un zigzagueo translúcido de vuelta a casa mientras amanecía por detrás de la Sabika y el río Genil parecía un cementerio. Allí las distancias se confundían con lo inconmensurable, el espesor del tiempo con el de la saliva, y la esperanza se convertía en una mancha oscura que el tiempo se encargó de desleir y de la que sólo nos quedó la medida exacta de la derrota: el punto en el que la esperanza se convertía en un recuerdo fingido, aquellos días en que no estuvimos en París.

Plumajes
8 mayo 2009

El pavo real abrió su abanico de colores irreales. Quise distinguir una mirada soberbia atisvando a la hembra, pero la timidez del ave le hizo girarse hasta recoger su plumaje en una larga cola turquesa. Al alejarme unos metros, el pavo volvió expandir su hemiciclo cromático. Lo agitó con intensidad de electrocución, generando un sonido tribal que, por desgracia para el insistente animal, fue ignorado por la hembra que picoteaba invisibles migas de pan por el jardín. Yo me alejé hacia el porche y me senté a la sombra, que se confundía ya con las primeras luces de la noche. Tras la sierra, el atardecer era malva, volviéndose de un morado cardenalicio sobre algunas nubes perdidas, oscureciéndose sobre mi cabeza y en el cielo que quedaba a mi espalda -tras la casa-. Olía más que a los rosales a lejana candela y a aire fresco, aromas relajantes que me inspiraron una placentera sensación de sueño y al pobre pavo le hicieron desistir -los pavos, según me han dicho, obtienen mejores resultados en ciertos rituales a tempranas horas de la mañana-.

A estas horas, casi siempre, suelo pasear yo por el camino del cementerio. Salgo de casa y sigo la carretera que atraviesa los olivares, paso la vaquería hacia el norte y subo la cuesta hasta que veo un poco más abajo los cipreses tras el muro blanco. Doy la vuelta entonces, me detengo a mirar la superficie rugosa de una almendra -me llama la atención la superficie lisa que se vuelve rugosa al acercar la vista y velluda al mirar aún más de cerca- y para cuando vuelvo a casa varios jóvenes se han congregado en la calle: hacen acrobacias con sus motos de pequeña cilindrada, aceleran sus motores, graznan a la par sin ton ni son,  mientras algunas chavalas conversan entre ellas mirándolos de reojo. Yo recuerdo esa edad todavía, pero el tiempo debe haber borrado de la memoria los detalles humillantes, yo no hacía acrobacias temerarias y, por qué no decirlo, poco estéticas, provocadas por un torrente incontenible de hormonas, en absoluto -las hormonas sí las recuerdo, cómo no, dicen que se van pero se quedan-.

Me pregunto entonces por qué la naturaleza ha sido injusta, por qué el mundo se reparte mal y da al pavo, ave inferior, semejante escala de colores, tal tendencia a la elegancia y la sutileza, mientras el ser humano se limita a forzar unas máquinas alimentadas por un líquido negro, derivado del petróleo, haciendo sonar unos motores que rugen con potencia ciertamente ridícula. No se confundan: no siento una admiración poéticamente cursi por la belleza del plumaje de ningún ave, es que detesto hasta la locura el estruendo de esa máquina infernal a la que llaman ciclomotor.

Jonás
8 abril 2009

Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba, y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida.

Jonás 4:8

Tuve un pez naranja que se llamaba Abraham, uno de esos que a los dos o tres meses amanecen flotando con la panza hinchada. La gente venía por casa, lo veía nadar inquieto en la pecera y preguntaba ¿Cómo se llama? Abraham, respondía yo, ¿Es que has hecho alguna promesa? La gente ponía cara de asombro traumático y yo, interpretándolo como una forma de coartar la libertad simbólica de ponerle a mi mascota el nombre que yo quisiera (igual que la tortuga se llamaba obviamente Dartacán y el cáctus Hermann e incluso algunos gusanos tuvieron nombre, no todos), decidí que desde aquel día todos mis peces tendrían nombre bíblicos -aunque eso no sucedió hasta ayer-.

Abraham, imagino que por una mezcla de selección genética y de cuidados especiales, no murió a los pocos meses, sino que sobrevivió un par de años, empezó a perder su naranja brillante y se volvió blanco como las barbas plateadas de un Moisés recién bajado del Sinaí iluminado por la Ley de Dios. Mi madre cuidaba al pez como si fuera un rey del Antiguo Testamento: preparaba el agua varios días antes para que se evaporara el cloro, la guardaba en una habitación lejos de la calefacción pero no a la intemperie para que el agua estuviera a la temperatura adecuada, lavaba y enjuagaba los guijarros y la planta de plástico del acuario, manipulaba al pez con una red especial para no dañarle las escamas y lo alimentaba con cariño, el pez comía esas escamas de insecto triturado que hieden a rayos, pero se las echábamos con cariño.

Yo era relativamente pequeño, no recuerdo que edad tenía, y pese a haber recibido una educación de meapilas por parte de mis abuelos y de mis profesores del colegio, el nombre bíblico del pez se debía a razones claramente terrenales. Solía ver una serie de televisión protagonizada por un tal Webster, un niño negro que debía ser la viva imagen del Tostao cuando era niño. Webster tenía como mascota un pez llamado Abraham -al menos en la versión española- y yo lo único que hice fue copiar el nombre del pez -digamos que tome el serial como influencia, no lo plagié-, porque ya por entonces andaba rendido a la mediocridad, octavo pecado capital. Imagino además que se trataba de dos cosas que me gustaban: por un lado una serie de televisión, aparato que llenó muchas horas de infancia, y por otro el pez Abraham que nadaba incansable en una pecera en la cocina.

No sé cuántos años pasaron, pero la muerte no alcanzó a Abraham antes de que el naranja de sus escamas hubiese desaparecido completamente y se hubiese convertido en una transparencia casi completa (algunas vísceras cambiaban el color de su vientre y, entre los ojos, cuando miraba de frente al cristal de la pecera, se podía distinguir una profunda mancha oscura que debía ser la memoria del pez). Fue mi padre el que me dijo que Abraham había muerto al recogerme del colegio un día de nublado de otoño -por alguna extraña razón, hasta que cumplí trece años, todos los días de colegio fueron nublados y de otoño-. Los detalles no los conozco, sólo los imaginé: Abraham flotando con el vientre hinchado en la pecera en la cocina en una mañana nublada de otoño. No recuerdo haber sentido una pena inusual por la muerte del pez, porque de alguna forma sé que fue feliz pese a su longevidad. Vivía mejor que yo el pez maldito.

Han pasado muchos años desde entonces y ahora vivo con una mujer que también tuvo un pez naranja, de esos que se mueren a los dos o tres meses, que se llamaba Pipo y tuvo una longevidad extraña, aparentemente de récord. Ayer decidimos ampliar la familia y adoptamos a un pez naranja que, siguiendo la tradición de los nombres bíblicios, se llama Jonás y va a ser compañero de cautiverio de Dada, el hámster -el pez en su pecera, el ratón en su jaula, nunca al revés-. El pez no se llama Jonás a causa de ninguna promesa, como pudieron pensar erróneamente de Abraham, el pez, no el profeta, y tampoco porque viva a la sombra de una planta, sino por una casual combinación de mi afición infantil por la televisión y mi fanatismo por las novelas de Paul Auster.

Jamaś me habría fijado en el profeta Jonás de no ser por La invención de la soledad de Auster, ya no se trata sólo del extraño episodio en el vientre de la ballena, sino de la paradoja que envuelve el mito -y de la que he hablado ya en alguna ocasión-: Jonás es el único profeta que no es profeta. Además de huír de Dios, cuando es atrapado por el poder sobrenatural de quien todo lo ve, Jonás se queja, protesta, intenta escaquearse, huye y vuelve a caer en la desgracia de ser incordiado por un Dios que parece divertirse con el sufrimiento de Jonás, y para colmo, cuando cede y profetiza la desgracia sobre Nínive, Dios perdona a la horda de pecadores arrepentidos y deja a Jonás, con su profecía incumplida, fuera de la ciudad, deseando la muerte a pleno sol. Jonás es, además de un falso profeta, un detractor de Dios y llega a afirmar estar “enojado hasta la muerte”. Desde un punto de vista literario, analítico y agnóstico, teniendo en cuenta que Jonás tiene la certeza de que Dios existe -porque conversa y discute con él- y teniendo en cuenta que reniega de Él y prefiere la muerte antes que la existencia bajo el influjo de un Todopoderoso de justicia cuestionable, Jonás se perfila como un personaje no solamente curioso, sino extremadamente complejo e interesante.

Jonás, el pez, vive ahora en una pecera redonda sobre la mesa del salón, nada a ratos, come por la tarde y nosotros lo miramos preguntándonos si llegara a convertirse en un pez transparante como Abraham o como Pipo. Seguramente, cuando note alguna vibración en la superficie del agua y alce la cabeza viendo las escamas de pescado e insectos caídas desde el cielo embovedado de su pecera, se mueva instintivamente para comer, meneando su boca de pez, olvidando seguramente el pez gemelo al persigue a veces junto al cristal de la pecera, y quizás preguntándose quién habrá allá arriba. Quizás la escasa memoria de pez le impida continuar un pensamiento hasta balbucir un agradecimiento telepático en forma de oración, o quizás llegue lo suficientemente lejos como para maldecir su encierro en esta casa, en esa percera, en el pequeño cuerpo de un pez naranja. Tal vez Abraham, el pez, se enojó tanto al no poder salir de su pecera o al no poder escapar del pez reflejado en el cristal que prefirió morir, como Jonás, el profeta, mejor estirar la aleta que no poder escoger, peor la felicidad que la libertad, mejor la adversidad que el cautiverio, por encima de Dios el vientre de la ballena. Aún diría más, es el comportamiento institivo de todos los animales: Dada, el hámster, se acerca a mí a cambio de pipas, huye sin embargo cuando soy yo quien se acerca y maldice con sus gritos de roedor si la despierto para cambiarle el comedero o la arena. Me ama tanto como me odia y lo hace sin saber que, por más que haga o deje de hacer, yo no la veo cuando no estoy presente, no puedo observarla sin delatarme del mismo modo que no podría enviar una plaga sobrenatural a la jaula ni podría convertir su agua en vino, al fin y al cabo, cuando yo no estoy, es como si no existiera.

Existes
8 marzo 2009

Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).

Me basta así. Ángel González

Marzo es una aspiración. Quizás la obsesión poética por el otoño tiene en marzo un meillizo especular, un filtro cromático, un tacto plácido al cerrar los ojos paseando por un camino y dejar que el sol, sólo el sol, caliente la piel que cubre los ojos para que al abrirlos exista el verde imposible del prado, el perfecto contraste que delimita las zonas negras y blancas del pelaje de una vaca enorme que rumia tendida, el azul puro y único cada día del cielo.

Más allá de los colores del campo, del olor ténue de los coleos que cultivo con torpeza, del sabor intenso del café que bebo siempre antes del amanecer, quedan las palabras escritas: esta casa tienen una humilde biblioteca con libros de adorno que, ahora estoy seguro, jamás leeré -salvo algunos versos, antes de dormir-. Quizás viene ahora el tiempo en que los colores, los perfumes, el tacto ardiente de las sábanas en el soleado amanecer de primavera, importan más que la retórica barata, los versos de bisutería o las notas a pie de página de un libro que ya no entiendo -y sin embargo, cómo saber que es cierto, cómo creer en este instante de colores verdaderos después de haber renunciado tantas veces sin éxito a la palabra-.

Éste es el paisaje y no otro, el río de seda que borró los cuadernos donde escribía versos sin rima que me avergonzaba enseñar y conatos de novela que, ciertamente, jamás quise escribir: en todas direcciones se extiende el campo, retales de olivar, de pasto, una almazara humeante allá al este, en el centro una costura vertical que es el camino del cementerio, por el que vienes tú, sonrojada del sol, pensativa como siempre, secreta y silenciosa, morena y perfecta.

Pasar
8 febrero 2009

No fue él último momento, pero sí el último recuerdo: la luz nítida se tintaba en el horizonte del color del edificio de ladrillo y las montañas se desteñían, desde el azul oscuro hasta desaparecer en el crepúsculo. Creo que aún se oía el griterío de la tarde, los niños que iban y venían correteando o montados en bicicletas nuevas o que hacían botar algún balón de cuero en la pista de deportes. Fue el último recuerdo: allí no había nadie, nada aparte de la luz rojiza sobre el edificio de ladrillo, nada más que el color vívido de las montañas que se volvían transparentes.

Los meses habían pasado y en los intersticios de los segundos, bajo el paso calmado de cada día, no había quedado más que el poso íntimo de los segundos desvinculados de todo ser o todo tiempo. El lugar que estábamos abandonando apenas nos legaba un extenso equipaje que atestaba de paquetes el Opel ocre aparcado frente al edificio de ladrillo, el lastre de un pequeño fragmento de vida.

Ése fue el último recuerdo de los pocos recuerdos, el color de una pesadilla de Chesterton en estado líquido sobre las formas -hay otros, y muy vívidos, parecen ligados a otro tiempo y a otro lugar-. Peor aún: fue el recuerdo lo único que quedó. En nosotros no hay huella de ninguna otra persona, ni dejamos en nadie marca de nuestra presencia. Fuimos como un rayo del atardecer que se desliza sobre el edificio de ladrillo rojizo sin que nadie lo mire.

Yet there’s no place for us, my dear, yet there’s no place for us
8 enero 2009

Se trata de una extraña forma de relacionar ideas, ya lo he contado alguna vez: algo se conecta en algún punto de mi cerebro, un impulso eléctrico salta de un lado a otro de la parte gris de mi alma, y un pensamiento se transforma en un recuerdo o en una idea que aparentemente no tiene nada que ver -los caminos del pensamiento son inescrutables-.

Corren malos tiempos para la lírica, es decir, las circunstancias globales y las personales cada cual están, al menos en mi caso, invadiendo ese espacio al que llamamos paz y que yo utilizaba, en parte, para escribir -lo que equivale en esencia a razonar, ordenar ideas, sacar conclusiones, construir planes infalibles-. Dicen que cuando corren malos tiempos se agudiza el ingenio -también el artístico- y surgen genios, obras maestras, etc… Ahora que a todo el mundo se le llena la boca -y otros orificios digestivos- con la palabra ‘crisis’ quizás alguien invente una forma de rimar una palabra consigo misma y los periódicos crisis crisis crisis pasen a considerarse new poetry en verso libre.

Algo así tenía que estar pensando, supongo, y entonces recordé un poema de Auden, Refugee Blues, que no reproduzco aquí para no violar derechos de autor de nadie y porque lo pueden leer -también traducido al español- en la web a la que enlazo. Pero he recordado el verso de Auden que clama «Yet there’s no place for us, my dear, yet there’s no place for us», y me ha parecido en un principio aplastante, he tenido que buscar en Internet el poema completo -en casa apenas conservo una burda versión en español de cuando estudiaba traducción-, y leo ahora versos de una vigencia demoledora:

Dreamed I saw a building with a thousand floors,
A thousand windows and a thousand doors:
Not one of them was ours, my dear, not one of them was ours.

Imagino que ésta ha sido la chispa incendiaria que ha disparado mi pensamiento hacia el recuerdo de este poema: en algún momento el pesimismo reinante en el mundo del poema del refugiado de Auden ha conectado con un pesimismo que, en escala, tal vez sea idéntico en la milésima de segundo en que yo divagaba hasta llegar al verso«Yet there’s no place for us, my dear, yet there’s no place for us». Lo que me ha traído al poema no ha sido una extraña sinapsis, ni un impulso eléctrico, ni una reacción química aleatoria: ha sido el recuerdo del pesimismo, la misma sensación con que leí por primera vez y varias seguidas el poema de Auden en la misma habitación y la misma mesa en que escribo ahora, la misma sensación que aún me recorría en el Aula 15 de la FTI de Granada cuando desoía las traducciones aconsejadas por el profesor y por alguna alumna voluntaria y me concentraba en el poema, más aún, me concentraba en el aprisionamiento:

Walked through a wood, saw the birds in the trees;
They had no politicians and sang at their ease:
They weren’t the human race, my dear, they weren’t the human race.

Será que la raza humana está condenada a la injusticia, he pensado, y al instante he tenido que desdecirme al darme cuenta de que la idea es robada y, además, ha sido desdecida. Hace unas horas leía en El País esa charla con comensales que ocupa la contraportada de los sábados, en la que Stéfane Hessel afrima que todo esto, la situación actual, «Puede que sea el fin de miles de años marcados por la rivalidad como motor. Porque, si no cambiamos, nuestra rapacidad terminará devorándonos». El pesimismo se apodera del discurso transcrito en la entrevista: Hessel cuenta que conversió con  Edgar Morin sobre cómo no perder la ocasión del cambio: «Me respondió que seguramente terminaríamos autodestruyéndonos. Pero después me recordó la batalla de Stalingrado, cómo los nazis tenían todas las de ganar y, de haberlo hecho, nos hubiesen condenado a 150 años de su locura. De repente, vencieron los rusos. Lo desconcertante de la historia es que lo improbable ocurre cuando menos te lo esperas».

El pesimismo de Morin guarda un leve resquicio de esperanza, necesario al fin y al cabo para que la ‘crisis’ no se convierta en un hundimiento absoluto. En los peores momentos hay que guardar incluso fuera de pronóstico una pequeña esperanza que nos exima del fracaso total. Me parece iluso aventurar que la rivalidad como motor del mundo va a desaparecer, ni siquiera creo que desaparezca el rasgo depredador de la rivalidad, pero quizás quede alguna posibilidad de cambio, un giro inesperado -al fin y al cabo, los rusos ganaron en Stalingrado-.

A la vez que escribo este texto, vuelvo al verso de Auden, «aún no hay sitio para nosotros, cariño, aún no hay sitio para nosotros». ‘Aún’, complemento circunstancial de tiempo que en este caso es circunstancia complementaria de esperanza ante el desastre (entiéndase desastre a pequeña escala). Como en el poema de Auden, los seres libres que nos rodean están apenas a unos metros, casi al alcance de una mano que se estira clamando precisamente eso: justicia. Y ahora comprendo cómo un núcleo de pesimismo ha hecho que se crucen en algún lugar de mi cerebro los iones de sodio y potasio para rescatar del recuerdo el poema de Auden, en el que aún había una pequeña esperanza -y si la había tenía que decírtelo, cariño,si la había tenía que decírtelo -, la posibilidad improbable de que los rusos ganaran en Stalingrado, la esperanza necesaria de que pronto podamos vivir como los pájaros en el poema Auden, el momento en el que dejemos de ser meros humanos descendientes de bestias simiescas para convertirnos en algo más.

Éramos
8 enero 2009

Vinieron, después de mucho tiempo sin vernos, Vanessa y Agustín Soler, estaba también Fede Moreno con su novia, y A. Infante -también con su consorte- con quien intento mantener un contacto regular por misivas electrónicas, telefoneos esporádicos y encuentros bimensuales. Otros tantos, faltaron a la cita, víctimas de la vorágine de compromisos familiares de las fechas y del yugo de los compromisos laborales, crónicos estos últimos.

Cruzamos varias conversaciones y así Alicia pudo entender un poco nuestro antiguo universo de discos, instrumentos, cables, ensayos, y seguramente entreviera que durante los años que compartimos aprendiendo a hacer algún ruido con la guitarra o haciéndolo en pandilla se forjó un cariño manifiesto entre algunos de nosotros, cariño y amistad sempiterna que ni el tiempo ni la distancia ni la dejadez han apagado, y además, he de reconocerlo, hicieron que sintiera cierta admiración vehemente hacia la mayoría de ellos.

Cuando Vanessa habló de la mudanza de local, desde el viejo almacén del padre de Rober en el Zaidín hacia el local de ensayo en la Chana -lo hizo sintiendo nostalgia hacia el segundo- recordé que aquello sucedió el verano en que yo dejé el grupo, por razones que casi he olvidado, y que fue aquel el momento en el que todo les empezó a ir bien. Lo he dicho alguna vez: la relación entre mi ausencia y los buenos tiempos es directa y está empíricamente demostrada. Lo que no dije -porque fue uno de esos momentos que pueblan toda conversación en los que toca callarse- es que siento nostalgia de aquellas tardes de ensayo en el Zaidín, pese a todo lo malo, pese a lo precario del local y de nuestros cables y de nuestra forma de hacer música, pese a que entendieramos todo de forma diferente -salvo Agus Soler que pareció entender siempre a todo el mundo-.

Hablaron de volver a tocar y pensé que aquel plan no me incluía: yo me fuí hace ya mucho tiempo, lo recuerdo como algo difuso y casi trivial, dejé aquello como se dejan ciertas aficiones que uno recuerda pasados los años para darse cuenta de que ha transcurrido un tiempo insalvable. No lo dije, aproveché el momento para beber un trago de cerveza, pero me sentí lejos, no para bien ni para mal, sino sencillamente lejos de todo aquello, y realmente todos lo están -para ellos guardo el beneficio de la duda: quizás la nostalgia les ayude a salvar esa distancia que hay entre lo que sucedió hace ya unos cuantos años y el presente-. Quizás les vaya bien, ya lo dije antes, la relación entre mi ausencia y los buenos tiempos es directa, y quién sabe, quizás asista a algún concierto y sea yo en el público un espectro cuyo nombre la gente pronuciará mal o sencillamente haya sido olvidado, ese fantasma que quizás nunca debió estar allí y que robó algo de ellos, alguien que, sin ser, casi es gracias a ellos.

El silencio absoluto es tan probable como la sordera
8 diciembre 2008

…pero allí estaba él, en la inevitable hora del sueño, en la alternativa imposible a una elección fantasmagórica de cuya realidad sólo existía una sombra, una extraña condición de ineluctable distancia, de no más que mero pensamiento, de no más que estar en el vacío de aquella jaula invisible de la habitación mirando hacia afuera como un perro ciego, sobreviviendo gracias a los olores, a la densidad del aire que en ocasiones escondía alguna presencia fragante aunque seguramente imaginaria, al sabor agridulce del hogar que era hogar por contraste con el mes de diciembre, helado allá al otro lado del cristal y del vaho del cristal. […]

Fractales
8 diciembre 2008

Últimamente todo parece de una complejidad excesivamente simple. Todo es un conflicto en sí que genera una disyuntiva cuyas posibilidades están enfrentadas: carne o pescado, flan o manzana, agua o vino. A su vez cada elección se remifica en una nueva disyuntiva con un nuevo conflicto. Dictadura o democracia, PSOE o PP, Aznar o Rajoy; Mac o PC, Windows o Linux, Gnome o KDE; hombre o mujer, rubia o morena, ojos verdes o azules; ciencia o religón, varios dioses o uno solo, Cristo o Mahoma. La teoría de contrapuestos se demuestra, el yin y el yang, lo luminoso y lo oscuro, el protón y el neutrón, masculino y femenino, la materia y la antimateria, tener o no tener, consecuencia de que tendemos a observar con dos ojos y nos ver en cada uno más que la sola sombra de una forma aislada.

La vida es una suma de decisiones conflictivas dispuestas en el tiempo de forma fractal, blancos o negros que a su vez pueden ser blancos o negros. Qué falta de matices, de sutileza, de poesía.