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Nublos digitales
8 septiembre 2008

Ahora se cruzan varios acontecimientos, algún recuerdo, viejas lecturas y artículos nuevos que me devuelven al momento casi prehistórico del cuaderno rojo y el bolígrafo azul, a la fina encuadernación de un libro de bolsillo con tapas negras que me aleja del brillo de la pantalla del ordenador.

Primero está la divagación de Orsai sobre el papel: la de un lector que sufre las incomodidades de un libro de mil seiscientas páginas en un vagón de tren, es decir, la de un lector que cree necesitar un cachivache electrónico que reproduzca libros digitales, que almacene bibliotecas en el pequeño espacio de un bolsillo. Llegará, pronto, el día en que transportemos los libros como quien lleva un llavero o un paquete de tabaco.

Después está el recuerdo de un día, hace tiempo, en el que charlaba con A. Infante sobre las maravillas de un artilugio aún por popularizar que alberga libros digitales y que facilita la lectura en el metro o en el autobús, un diseño cómodo, un tamaño similar al de la página de un libro de bolsillo, ligero, una pantalla mate que brille no más que lo necesario para evitar la irritación ocular; por fin, el confort de la literatura. Recuerdo nuestra conclusión lenta y tal vez romántica en exceso, quizás incluso injustificada: hoy por hoy, preferimos el libro impreso, quizás sin razón práctica.

Decía un amigo apasionado de los viajes sobre dos ruedas, que quien viaja en moto echa de menos el aire acondicionado, la música, la comodidad de un asiento, un techo que guarezca de la lluvia, pero que quien viaja en coche echa de menos la moto. Del mismo modo, el lector de de libros echa en falta la comodidad del hipertexto, la ligereza de la tecnología de última generación; el lector digital jamás tendrá el tacto del papel, el reflejo sin brillo de unas páginas donde se posa la luz suave de una ventana entornada. Recuerdo un viaje a Madrid en el que, además de una maleta llena de inutilidades, cargué una mochila con un tomo de Julio Cortázar de más de mil trescientas páginas, porque era la única edición de Rayuela que tenía en casa, y no tuve más remedio que sujetarlo entre las manos, sobre las piernas, durante diez horas de viajes en autobús, y llevarlo a la espalda a cada paso que daba paseando para satisfacer la urgencia de sentarme en alguna cafetería o algún parque a leer varios minutos.

Ahora, viene el otoño a contagiarnos con el virus de los poetas; es el tiempo de la literatura, la estación de las palabras, el momento en el que las mañanas se iluminan con la irradiación gris de unos nublos y los libros no tienen más color que el que le otorgan sus palabras. Me encontré hace unos días, después de bastante tiempo, con unos versos de Panero: «Un loco tocado de la maldición del cielo / canta humillado en una esquina». El reflejo instintivo, respondiendo a la necesidad es el de calzar unas zapatillas, y bajar a la calle, caminar hasta la Gran Vía y buscar una recopilación de Leopoldo María Panero que no había comprado hasta ahora por pereza, por olvido, tal vez porque nunca me falta algo que leer. Entro a una librería donde los volúmenes se apilan pintados por la luz del otoño, que se filtra ya por todas las cristaleras -es de un extraño color, azul grisáceo, levemente ocre a la vez-, y mientras busco el libro de Panero encuentro otro de Ángel González y una cómoda edición de bolsillo de El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán-Gómez. Por último, salgo de la librería con el bolsillo lleno de monedas rojas, apenas servibles, que es peor que tener el bolsillo vacío, y una bolsa en la mano con tres libros negros, pequeños, cómodos, pensando que los leeré cuando vuelva a casa, bajo la luz de una mañana gris, y tendrán el tacto de los nublos y el color de la lluvia nueva, las sombras difuminadas ahí donde los renglones se curvan hacia el interior del lomo, donde se hunde la vista para ahogarse en los libros y resurgir con la forma de uno mismo, con lo que yo seré, por ejemplo, mientras leo a Ángel González junto a la ventana nublada mientras la espero a Ella:

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir;
con la boca), 
[…] 

Nadie digitalizará jamás el placer de leer un libro, porque coincide en su forma y su fondo con el placer fingido de ser, no podrán reproducir las pequeñas pantallas los gradientes de color que hay en las sombras que manchan las páginas, ni el color de nicotina de sus bordes, ni los papeles anotados que a veces se encuentran entre hoja y hoja, el olor contagiado de quien lee el libro, ni el reflejo gris de los nublos en cada página. Nada, jamás, será libro salvo el libro.