Archive for the ‘Música’ Category

Algo tiene Morente
8 diciembre 2010

«El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta, y del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos y líneas, salió por los canales para oír cantar a los marineros borrachos.

El Duende, frente al ángel y musa.»

Federico García Lorca. Teoría y juego del Duende.

Algo tiene Enrique Morente que muchos nos hemos revuelto en un amargor desconsolado al tener la noticia de su enfermedad.  Algo tiene Morente que horroriza pensar en la posibilidad de su muerte, en la tristeza del vacío que dejará. Algo tiene, aunque Morente sea no más que una firma en un puñado de discos en la estantería de casa.

Algo tiene Morente, y hay que contarlo, por si alguien aún no lo sabe, que al cruzárse con él por las calle de Granada se  sorprende uno, porque Morente no aparece por las aceras, sino que forma parte de ellas de una manera mundana, qué grande, y después se queda uno atolondrado, porque la de Morente es la cara de una de las obras músicales más importantes de finales del siglo XX y principios del XXI.

Creo recordar haber leído que en 2008, cuando se publicó Pablo de Málaga, su mujer le dijo “por fin haces un disco en condiciones”, y pese a eso algo de talento divino tiene Enrique Morente, que ha sabido encajar con Amaral o con los Planetas su voz de flamenco heterodoxo, la misma voz que cantó por Miguel Hernández, o por Lorca. Algo tiene el genio, que es capaz de cantar canciones de Leonard Cohen, y además hacerlo bien.

Yo, que tengo el oido muy duro y desgraciado para el flamenco, pasé muchos sábados por la mañana quejándome de los quejíos flamencos de Morente cuando mi madre ponía Sacromonte los sábados por la mañana. Morente tarda en entrar, hay que desgranarlo, hay que hacerse a él, porque la mezcla de sabores que hay en su música requieren de un esfuerzo, de un aprendizaje. Paśe los años más dulces de la Universidad escuchando el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick (conseguí domarlo diez años después de su publicación), descubriendo un matiz distinto en cada escucha, estudiando Poeta en Nueva York a al vez, y con pequeños escarceos en algún espectáculo flamenco de la ciudad de Granada.

Qué altos vuelos tendrán las musas de Morente que fue capaz de inventar, de mezclar, de reformar el flamenco y la música, de versionar, no como mero experimento, sino aportando a la obra, sumando, mejorando, añadiendo ese sentimiento casi innombrable al que llaman Duende, ése que se reconoce en las escasas formas de arte que emocionan por sí solas, a la primera, en frío, como Morente cuando cantaba en La aurora de Nueva York de Lorca, los inéditos Sacerdotes de Cohen «¿Quién te escribirá canciones de amor cuando yo sea Señor al final y tu cuerpo la capilla blanca de un camino donde mis sacerdotes por ti rezarán?» o cuando hacía suyas las palabras de Manuel Machado: «Yo pensaba haber cogido la naranja y el azahar, con hacer leña del tronco me tuve que conformar»

Algo tiene Morente, que encaja en su obra palabras de tantos dialectos musicales, que atrapa y emociona. Algo tiene que nadie quiere perderlo.

Anuncios

De retratos imposibles
8 octubre 2008

La primera vez que vi al Tostao vestía una camisa ancha, a cuadros, creo recordar, y llevaba el pelo más largo, incipientemente a lo afro; los dos estábamos sentándonos en Lengua Española I y, pocos días después, coincidimos en bancas contiguas. Según recuerdo, después de intercambiar algún comentario neutro y simpático típico de recién conocidos, nuestra amistad se empezó a fraguar a las puertas de la Facultad de Traducción e Interpretación de Granada, con un par de cigarrillos de por medio y pipiolas ululando azotadas por la historia de los trabajos que se avecinaban.

Alguna vez intenté retratar con literatura al Tostao, porque, según supe con el tiempo, su vida estaba estrechamente relacionada con las artes -creando así un vínculo de afinidad conmigo- de una forma peculiar: se había erigido en la historia de los anonimatos no como un creador, sino como un personaje novelesco. Sé de buena tinta que aprendió pronto a defenderse a hostias en la vida, y pese a eso desarrolló una parsimonia que, junto a su manifiesto parecido con Pablo Milanés, fue el rasgo que más llamó mi atención de su personaje. Antes de presentárselo a algún otro amigo siempre decía «te voy a presentar a un hombre que es igual que Pablo Milanés de joven», y si hablaba de él con alguien que no le conocía me esmeraba en describir la lentitud con que recogía el papelamen en clase mientras las niñas salían corriendo, la parsimoniosa forma de recrease en el acto de levantarse de la silla y salir despacio, con mucha calma, charlando con todo el mundo, por los pasillos de la planta baja del Palacio de las Columnas, y ya en la puerta empezaba a sacar un cigarrillo, se detenía poco más allá del marco de la puerta y buscaba en sus bolsillos un mechero, charlando lenta y reflexivamente, midiendo las palabras, en una operación que duraba minutos y que desembocaba en una extraña forma de prender el cigarrillo y fumar lentamente, expulsando el humo más denso que jamás he visto, como si inflara un globo con susurros.

Poco después de conocernos, yo presenté un cuento de cuyo nombre no quiero acordarme. Estaba previsto que al acto no acudieran más de veinte o treinta personas, pero el Tostao, que apenas me conocía, movido por algún tipo de curiosidad que le obliga a meterse en cualquier lugar en donde nunca ha estado, movilizó a unas cuantas compañeras de la facultad y pasó por allí en una noche que, si no me falla la memoria, apenas dos o tres personas se preocuparon por leer mi cuento, pero sirvió para que aquel negro grandullón y yo iniciáramos una serie de rutas por tabernas y charlas a las que nos entregamos durante tan solo unos meses: fueron días de cerveza espesa, de conversaciones lentas como el humo, de llegar a casa trasnochado oliendo a whisky y tabaco.

Yo estaba convencido de que quería emplear mi vida en contar historias del mismo modo que el Tostao se dedicaba tranquilamente a vivirlas, lo que me provocó cierto conflicto que, si bien no he llegado a resolver, me llevó a pensar que hay que vivir la vida lentamente, no con la presura y el vértigo de que hacen gala los vividores, sino con la calma con la que el humo surgía de los pulmones del Tostao, enredándose en espirales que se detenían a mirarnos a los ojos antes de deshacerse en el aire. Aprendí de él que a los negros, cuando se asustan, en lugar de palidecer se ponen de un color gris, gris como el humo de los cigarrillos del tostao, quien era tranquilo hasta para pasar miedo.

No sé cuánto tiempo lleva componiendo canciones, o improvisándolas, pero imagino que habrá necesitado años para llegar, quizás por casualidad, a una carretera acompañado de una guitarra, una armónica y una cámara de video. Hace unos días me envió éste video, y estoy convencido de que es el mejor retrato del Tostao, el retrato que, mediante la literatura, yo tantas veces intenté esbozar sin éxito.