Archive for the ‘Libros’ Category

Que no sea garrafa
8 octubre 2008

Había dos cosas que capaces de interrumpir aquellas madrugadas de charla: que el camarero nos echara o que el garrafón fuera intragable. Recuerdo aquel día en que un amigo -que sé que prefiere que su nombre no aparezca aquí- se dejó dos copas enteras de Ron Pálido y se marchó a casa incapaz de seguir con aquel brebaje inmundo.

Necesitaba un espacio para contar cosas distintas de las que cuento aquí, por eso ha abierto un nuevo espacio en el que podemos salir a tomar una copa, y que no sea de garrafa.

El placer verdadero de leer
8 octubre 2008

Leemos con avidez o no leemos. Buscamos historias, paisajes, lugares que nos apasionen, y si no los encontramos en el libro que estamos leyendo lo desechamos, buscamos en otras páginas. El ser humano necesita la ficción, según a quién preguntemos nos dirá que la necesita para entretenerse simplemente o para soportar la dureza de la realidad. Nos quedaremos nosotros con la enriquecedora experiencia de asomarnos, a través de un libro, a los ojos de otra persona, y aún más, dejar que esta persona nos arrastre a su antojo por cada página. Recuerdo aún con cariño, incluso con emoción, algunos libros que leí hace ya años y con los que de alguna forma aprendí a imaginar -y uno debe ser capaz de imaginar lo que no tiene o no existe para cambiar lo tangible-, sobre todo los de Michael Ende, Roal Dahl, varias novelas de Enid Blyton. Con Jim Botón y Lucas el maquinista -y con Momo- descubrí que no sólo lo inmediato es real: más allá de lo que uno ve, del suelo que pisa, del instante en el que habita, hay otros mundos, otros tiempos, otras personas que no son imaginarias, sino tangibles aunque en un espacio distinto al nuestro; supe leyendo Jim Botón y Lucas el maquinista que algún día tendría que salir a buscar ese espacio tangible del mundo que para mí era desconocido.

[…]

Así comienza el artículo que he escrito este mes para la sección de literatura del Diario Identidad (páginas 16 y 17), donde podeis leerlo entero.

Nublos digitales
8 septiembre 2008

Ahora se cruzan varios acontecimientos, algún recuerdo, viejas lecturas y artículos nuevos que me devuelven al momento casi prehistórico del cuaderno rojo y el bolígrafo azul, a la fina encuadernación de un libro de bolsillo con tapas negras que me aleja del brillo de la pantalla del ordenador.

Primero está la divagación de Orsai sobre el papel: la de un lector que sufre las incomodidades de un libro de mil seiscientas páginas en un vagón de tren, es decir, la de un lector que cree necesitar un cachivache electrónico que reproduzca libros digitales, que almacene bibliotecas en el pequeño espacio de un bolsillo. Llegará, pronto, el día en que transportemos los libros como quien lleva un llavero o un paquete de tabaco.

Después está el recuerdo de un día, hace tiempo, en el que charlaba con A. Infante sobre las maravillas de un artilugio aún por popularizar que alberga libros digitales y que facilita la lectura en el metro o en el autobús, un diseño cómodo, un tamaño similar al de la página de un libro de bolsillo, ligero, una pantalla mate que brille no más que lo necesario para evitar la irritación ocular; por fin, el confort de la literatura. Recuerdo nuestra conclusión lenta y tal vez romántica en exceso, quizás incluso injustificada: hoy por hoy, preferimos el libro impreso, quizás sin razón práctica.

Decía un amigo apasionado de los viajes sobre dos ruedas, que quien viaja en moto echa de menos el aire acondicionado, la música, la comodidad de un asiento, un techo que guarezca de la lluvia, pero que quien viaja en coche echa de menos la moto. Del mismo modo, el lector de de libros echa en falta la comodidad del hipertexto, la ligereza de la tecnología de última generación; el lector digital jamás tendrá el tacto del papel, el reflejo sin brillo de unas páginas donde se posa la luz suave de una ventana entornada. Recuerdo un viaje a Madrid en el que, además de una maleta llena de inutilidades, cargué una mochila con un tomo de Julio Cortázar de más de mil trescientas páginas, porque era la única edición de Rayuela que tenía en casa, y no tuve más remedio que sujetarlo entre las manos, sobre las piernas, durante diez horas de viajes en autobús, y llevarlo a la espalda a cada paso que daba paseando para satisfacer la urgencia de sentarme en alguna cafetería o algún parque a leer varios minutos.

Ahora, viene el otoño a contagiarnos con el virus de los poetas; es el tiempo de la literatura, la estación de las palabras, el momento en el que las mañanas se iluminan con la irradiación gris de unos nublos y los libros no tienen más color que el que le otorgan sus palabras. Me encontré hace unos días, después de bastante tiempo, con unos versos de Panero: «Un loco tocado de la maldición del cielo / canta humillado en una esquina». El reflejo instintivo, respondiendo a la necesidad es el de calzar unas zapatillas, y bajar a la calle, caminar hasta la Gran Vía y buscar una recopilación de Leopoldo María Panero que no había comprado hasta ahora por pereza, por olvido, tal vez porque nunca me falta algo que leer. Entro a una librería donde los volúmenes se apilan pintados por la luz del otoño, que se filtra ya por todas las cristaleras -es de un extraño color, azul grisáceo, levemente ocre a la vez-, y mientras busco el libro de Panero encuentro otro de Ángel González y una cómoda edición de bolsillo de El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán-Gómez. Por último, salgo de la librería con el bolsillo lleno de monedas rojas, apenas servibles, que es peor que tener el bolsillo vacío, y una bolsa en la mano con tres libros negros, pequeños, cómodos, pensando que los leeré cuando vuelva a casa, bajo la luz de una mañana gris, y tendrán el tacto de los nublos y el color de la lluvia nueva, las sombras difuminadas ahí donde los renglones se curvan hacia el interior del lomo, donde se hunde la vista para ahogarse en los libros y resurgir con la forma de uno mismo, con lo que yo seré, por ejemplo, mientras leo a Ángel González junto a la ventana nublada mientras la espero a Ella:

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir;
con la boca), 
[…] 

Nadie digitalizará jamás el placer de leer un libro, porque coincide en su forma y su fondo con el placer fingido de ser, no podrán reproducir las pequeñas pantallas los gradientes de color que hay en las sombras que manchan las páginas, ni el color de nicotina de sus bordes, ni los papeles anotados que a veces se encuentran entre hoja y hoja, el olor contagiado de quien lee el libro, ni el reflejo gris de los nublos en cada página. Nada, jamás, será libro salvo el libro.

Un solo baobab
8 septiembre 2008

 

Baobab

Baobab (por raysto)

Una de las primeras ilustraciones que recuerdo es la del perezoso del principito: un hombre mirando al horizonte cósmico en un planeta diminuto que ineluctablemente va a ser destruido por tres gigantescos baobabs. Yo aún no sabía leer y hojeaba el libro, miraba las acuarelas de Saint-Exupéry, las pasaba una tras otra y volvía al principio, desde la boa que parecía un sombrero hasta la desoladora noche del desierto africano, «éste es, para mí, el más bello y más triste paisaje del mundo», escribió Saint-Exupéry, y vuelta a empezar. Había en mi casa dos ejemplares de El principito, uno en francés y otro en un español traducido en México, que fue el primero que leí, aunque eso sucedió después de haber pasado bastante tiempo observando las ilustraciones del cuento. El principito atrapa en cada uno de sus pasajes, en cada trazo de cada dibujo, sea cual sea la edad del lector; basta con abrir el libro para leer un pasaje al azar y leer «Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol», o detenerse en cualquiera de los bocetos que el aviador dibuja buscando el cordero para el principito, pero de todas las láminas recuerdo con fascinación aquella en la que sale el perezoso en su diminuto planeta a punto de sucumbir al avance destructivo de las raíces de tres baobabs gigantes.

Leí El principito tiempo después, en una segunda zambullida en el libro, una inmersión infantil en el cuento para niños que es la obra de Saint-Exupéry, y entonces lo que me maravilló fue el ingenio con que la torpe mano del aviador escondía el cordero dentro de una caja con tres agujeros. No empecé con el texto en francés hasta muchos años después, leyéndolo varias veces en paralelo con la traducción al español, empapándome por fin del libro, descubriendo que, quizás, al igual que Juan Ramón Jiménez había escrito en el prologuillo de Platero y yo, la dedicatoria de Antoine de Saint-Exupéry a León Werth debería haber sido sustituida por un aviso: éste no es un libro para niños -aunque también lo sea-.

El texto de El principito atrapa al lector, del mismo modo que sus acuarelas, gracias a su sencillez -la que le hace ser confundido con un cuento infantil, o creer la obra no más que un cuento infantil-, a una prosa que se lee con absoluta facilidad, aunque su composición sea compleja como demuestran el manuscrito y los bocetos descartados por el autor: quemaduras de cigarrillo, manchas de café, arrugas en un dibujo que fue desechado y recuperado más tarde. Saint-Exupéry no escribió El principito con la fluidez con que es leído, lidió con dibujos y palabras, descartó pasajes e ilustraciones, para construir el Universo del principito y conseguir, a través de los ojos del aviador, que la fábula fuera no sólo fácil de entender, sino también creíble. Consiguió Saint-Exupéry que sus lectores miren al cielo buscando el asteroide del principito, donde viaja la incierta existencia de una rosa vanidosa acechada por un cordero.

Entre las láminas que se descartaron en ese proceso de composición del principito, hay dos que recuerdan a la del perezoso entre los tres baobabs que casi han desintegrado el planeta: se trata de unas acuarelas que muestran al principito en su planeta, con un solo baobab cuyas raíces envuelven el hogar esférico del pequeño viajero. El principito aparece en estas láminas sosteniendo una pala y mirando el ancho tronco del baobab, en la primera con el ceño fruncido, aspecto de enojo, en el segundo con un gesto más desolador, quizás meditabundo o quizás rendido a la evidencia de la destrucción del asteroide. En una tercera lámina, el principito trabaja para eliminar cualquier rastro de baobab joven sobre la superficie de su planeta, pero su aspecto no es el del principito que aparece en el libro, los trazos que definen su figura son más rectos, las cejas picudas, los brazos parecen tensos, como si trabajaran con rabia.

El principito goza de una sencillez muy elaborada, medida. La ilustración que me fascina desde que tengo uso de razón, mucho antes de aprender a leer una sola palabra, en la que aparece el perezoso sobre su planeta, junto a sus tres baobabs que extienden imparables sus raíces, es un dibujo en el que Saint-Exupéry debió trabajar bastante tiempo a la luz de una lámpara durante noches repletas de café y tabaco, buscando una sencillez directa y de fácil comprensión. Para un niño, el descubrimiento de ése árbol gigante supone un paso más en un mundo de maravillas, para el adulto también: el mundo de El principito es sencillamente creíble, una ficción en la que resulta fácil y placentero adentrarse.