Algo tiene Morente

«El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta, y del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos y líneas, salió por los canales para oír cantar a los marineros borrachos.

El Duende, frente al ángel y musa.»

Federico García Lorca. Teoría y juego del Duende.

Algo tiene Enrique Morente que muchos nos hemos revuelto en un amargor desconsolado al tener la noticia de su enfermedad.  Algo tiene Morente que horroriza pensar en la posibilidad de su muerte, en la tristeza del vacío que dejará. Algo tiene, aunque Morente sea no más que una firma en un puñado de discos en la estantería de casa.

Algo tiene Morente, y hay que contarlo, por si alguien aún no lo sabe, que al cruzárse con él por las calle de Granada se  sorprende uno, porque Morente no aparece por las aceras, sino que forma parte de ellas de una manera mundana, qué grande, y después se queda uno atolondrado, porque la de Morente es la cara de una de las obras músicales más importantes de finales del siglo XX y principios del XXI.

Creo recordar haber leído que en 2008, cuando se publicó Pablo de Málaga, su mujer le dijo “por fin haces un disco en condiciones”, y pese a eso algo de talento divino tiene Enrique Morente, que ha sabido encajar con Amaral o con los Planetas su voz de flamenco heterodoxo, la misma voz que cantó por Miguel Hernández, o por Lorca. Algo tiene el genio, que es capaz de cantar canciones de Leonard Cohen, y además hacerlo bien.

Yo, que tengo el oido muy duro y desgraciado para el flamenco, pasé muchos sábados por la mañana quejándome de los quejíos flamencos de Morente cuando mi madre ponía Sacromonte los sábados por la mañana. Morente tarda en entrar, hay que desgranarlo, hay que hacerse a él, porque la mezcla de sabores que hay en su música requieren de un esfuerzo, de un aprendizaje. Paśe los años más dulces de la Universidad escuchando el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick (conseguí domarlo diez años después de su publicación), descubriendo un matiz distinto en cada escucha, estudiando Poeta en Nueva York a al vez, y con pequeños escarceos en algún espectáculo flamenco de la ciudad de Granada.

Qué altos vuelos tendrán las musas de Morente que fue capaz de inventar, de mezclar, de reformar el flamenco y la música, de versionar, no como mero experimento, sino aportando a la obra, sumando, mejorando, añadiendo ese sentimiento casi innombrable al que llaman Duende, ése que se reconoce en las escasas formas de arte que emocionan por sí solas, a la primera, en frío, como Morente cuando cantaba en La aurora de Nueva York de Lorca, los inéditos Sacerdotes de Cohen «¿Quién te escribirá canciones de amor cuando yo sea Señor al final y tu cuerpo la capilla blanca de un camino donde mis sacerdotes por ti rezarán?» o cuando hacía suyas las palabras de Manuel Machado: «Yo pensaba haber cogido la naranja y el azahar, con hacer leña del tronco me tuve que conformar»

Algo tiene Morente, que encaja en su obra palabras de tantos dialectos musicales, que atrapa y emociona. Algo tiene que nadie quiere perderlo.

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