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Lecturas de verano
8 agosto 2010

Ultimo los últimos trabajos de la semana pensando en los libros que llevaré en la mochila durante los pocos días de vacaciones que tendré este año.

Últimamente tengo en la mesa, siempre a mano, además de Poeta en Nueva York,  un par de libros de cuentos muy interesantes: uno de Dostoyevski, otro de Pío Baroja. Miro de soslayo las últimas novelas de Philip Roth, Paul Auster y Antonio Muñoz Molina, pero desde la estantería que hay justo a mi derecha reclaman mi atención Pérez Galdós y Unamuno. Creo que no leeré a Stieg Larsson este año tampoco, porque me debo un rato con Virgina Woolf y, sobre todo, con Chesterton.

Me apetece también releer Tiempo de Silencio y sé que debo sumergirme de nuevo en La hierba roja de Boris Vian. Me he dejado para el verano que viene los clásicos griegos, hacia los que siento un vértigo de lector amateur. Hace tiempo que no leo Platero y yo ni El principito, y quiero también recordar los Siete manifiestos dada, por si se me olvida que hay ciertas cosas que no tienen sentido.

Borges está ahí también, me apetece vovler a Jim Botón y Lucas el Maquinista de Ende, porque esa clase de literatura infantil es la que me ha hecho (una literatura sin magia, sino con dragones y locomotoras personificadas de una forma lógica, coherente dentro de la novela). Las traducciones que Cortázar hizo de Edgar Allan Poe llevan año y pico en la estantaría llamándome y ahora que las veo recuerdo que quiero releer Rayuela, porque es un libro que nunca se termina de leer (eso es una ventaja).

Google publicó hace unos días la cifra del censo de libros de la historia de la humanidad, es un número que no recuerdo, ni falta que hace. Uno no sólo no tiene tiempo de leerlos todos a lo largo de una vida, sino que además llavaría décadas leer los imprescindibles. Entenderlos, será también complicado.

Reviso el estante de las pocas obras chinas que tengo y me reencuentro con El corazón de la literatura y el cincelado de dragones, que es el ensayo literario con el título más bello que se ha escrito jamás, y lo devuelvo a su sitio. El año que viene, el verano que viene, tengo que haber hecho todo esto de terminar con la procrastinación literaria.