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Pasados y otros pasados
8 julio 2010

Hoy he pasado por la puerta de la Iglesia de San Ildefonso y he recordado que allí se casó Ángela -no recuerdo cuándo, sólo sé que debe hacer ya unos cuantos años-, subiendo por la Calle Real he comprado una bolsa de patatas fritas en el asadero Kiki y he visto la persiana cerrada del Horno del Progreso, que era una panadería que expandió sus fronteras y abrió un despacho en el barrio donde yo vivía a finales de los años noventa.

Granada es un mosaico de recuerdos esbozados en pinceladas que ahora se me antojan de color sepia, un álbum de recuerdos de una vida que en realidad parecen varias vidas pertenecientes a otras personas, porque en las calles del mismo barrio habitan espectros de tiempos cruzados en pasados imprecisos,  el fantasma de un niño que caminaba oliendo la fruta expuesta en la calle, de la mano de una abuela que arrastraba un carro de la compra camino de la panadería o de una carnicería que estaba en el Barranco (el Barranco era una calle con asfalto, normal y corriente, en la que no había ningún peligro de despeñarse o de sufrir vértigos innecesarios acercándose demasiado a ningún borde). Veo también al universitario que subía hace unos años hacia la Filosofía y letras, caminando despacio, como a la deriva o como un turista extranjero, por un barrio que conoce desde que tiene uso de razón pero que sigue observando con un interés despistado y a la vez analítico, porque lleva por equipaje una mochila llena de apuntes desordenados y folios en blanco, y sobre todas las cosas algún libro de Boris Vian- una obra de teatro cuyo título ya he olvidado-, un estudio comparativo de las músicas negras en la obra de Lorca, o quizas un pequeño librito con poemas de la dinastía Han -recuerdo haber leído por aquella época a Balzac, a Camus, a Nothomb, y haberme dejado llevar calle arriba, calle abajo, entre la facultad y el jardín que construyeron en el Cuarto Real de Santo Domingo, donde me sentaba a leer algunas tardes a la hora del atardecer, siempre el mismo, siempre repetido una y mil veces-.

Recorro las mismas calles que hace dos, cinco, diez años y recuerdo vidas diferentes que son en realidad la misma -parece el tiempo, más que el hilo de cobre de una línea de teléfono, un tapete de ganchillo tejido en nudos como fotografías que nunca hice, momentos irrepetibles que ahora no soy capaz de capturar con la cámara réflex colgada al hombro. El Paseo del Salón ahora tiene la tierra prensada y una sensación de extensión extraña, como si se hubiera convertido en un parque medido, diferente al polvoriento espacio fantasmal por el que yo pasaba algunas mañanas camino de la facultad de ciencias, cuando aún era un alumno de instituto arrastrado a ámbitos universitarios que prefería pasear por el Albaicín una mañana de lluvia en lugar de asistir a aburridas clases de mecánica de fluídos en las aulas que empezaban por la letra efe. La calle Puentezuelas ahora es peatonal y yo ya no correría ningún peligro de atropello si caminara hacia la Facultad de Traducción e Interpretación, siempre con cinco minutos de retraso, escuchando el último disco de The Killers en lo que entonces era un moderno reproductor de MP4, y parezco otra persona en la medida en que no me reconozco en mis propios pasos, en la medida en que ese fantasma ha sido olvidado o negligentemente obviado por quien debía encargarse de recordarlo, y pienso que se me caen los pasados como a quien una mañana pierde varios pelos caducos de las sienes.

Reformaron la Gran Vía pero el edificio del Banco de España sigue siendo el mismo edificio de un color gris que me recuerda al gris que yo imaginaba en las calles de Madrid cuando tenía apenas tres o cuatro años, el mismo gris de los pantalones de un chándal de algodón, un gris similar al que imitan todos los demás colores en las tardes de invierno cuando los nublos de lluvia densa prolongan las sombras por todos los resquicios de la ciudad. Y ahora, cuando paseamos por la nueva Gran Vía, alguien que dentro de unos años parecerá otra persona y que ahora es un turista que camina con una cámara réflex va de la mano de una mujer con la cara sonrojada por el sol y mira los escalones del Banco de España, de un gris infranqueable por el sol sofocante del verano, y Alicia me dice «aquí fue donde quedamos la primera vez que vine a Granada», y la noche de aquel verano no muy lejano se abre paso entre los modernos luminosos de las paradas de autobús y de los lentos taxis y de personas que se confunden y me hace pensar que ya soy otro, diferente al fotografíado en el instante inmediatamente anterior al que vivo ahora, el tiempo ha modificado mi estructura y mi cuerpo es otro, otra mi sangre*, y este verano parece un otoño en el que dejamos caer otra fotografía caduca, pincelada de granos de café de una noche julio, sobre las calles de una ciudad que conoce a otros hombres que se parecen al cuerpo translúcido que un día fui yo.

* Ver