Tiempos

Es la misma lluvia, no lo suficientemente fría como para ser nociva, la misma noche, el mismo abrigo negro, largo, que se moja a la altura de la rodilla, el mismo hombre que tira de una solapa y la extiende para tapar el cuello, como cobijándose en sí mismo, gotas idénticas que caen sobre una ciudad diferente. Es confusa y contradictoria la atmósfera: el aire frío tersa la piel del rostro a la vez que el pecho se incendia bajo el abrigo. Las manos transidas, pálidas y amoratadas, se ciñen a unos bolsillos demasiado estrechos -es casi doloroso el roce de los nudillos con cualquier tejido, el paso del viento, suave y afilado, junto a las mejillas-; como en un sueño, el lugar es extraño pero los rostros que bailan por las aceras resultan familiares, como en un sueño en el que una persona que nos es familiar surge en un lugar desconocido.

Ha recordado el reflejo de alzar la mano o la voz, abrir la boca y ahogarse en aire gélido, para saludar a un vecino o conocido. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que se paró a hablar con alguien en una esquina? ¿Cuál fue la última vez que detuvo su paraguas junto a un comercio para felicitar el año nuevo a un vecino? Ahora un impulso instintivo le hace abrir los ojos levemente, sonreír quizás, y saludar a alguien con quien se cruza, alguien a quien no reconoce en un primer momento, que puede ser el padre de un antiguo alumno o alguien que regentó la panadería del barrio algunos meses, tiempo atrás; pero se da cuenta al instante de que es un desconocido y le sorprende el hecho de haber olvidado, por un segundo, que está en un lugar extraño.

Sin embargo, esta nueva ciudad es tan desconocida como aquella otra en la que vivía antes: la configura una trama de calles, algunas de ellas aprendidas por costumbre, otras que se extienden por lugares extraños por los que a veces se aventura a pasar, sin desviarse de su camino habitual para no sufrir retrasos -porque ahora todo exige una puntualidad ineluctable, el tiempo ha dejado de ser aquel líquido, que fluía como la lluvia sobre un rostro, y se ha convertido en una rejilla férrea-.

El tiempo en el que vive ahora se cruza con un momento del pasado: en un callejón al que ha llegado por azar se ilumina, como una gruta en la tiniebla, un pequeño taller de tapicero con las paredes desnudas y blancas y la luz fluoreceste y temblorosa, como de morgue. Entre los retales y algunos sillones desvencijados se yergue lo que al principio parece una cara, después descubre que sobre el respaldo amputado de un sofá una tela se tensa mostrando una ilustación que vio hace ya algunos años: el rostro de la cortesana china Yang Guifei ha sido tintado sobre el tejido y contempla vanidosa un brillante o algún otro tipo de joya.

Se mezclan la calidez monzónica de la ilustración y el frío terso del aire de diciembre, recuerda la el tacto húmedo de un viejo libro de teoría literaria (era frecuente, entonces, que la lluvia fuese una sorpresa fruto de la negligencia, y que el frío y el agua le sorprendieran leyendo en algún parque o en el pasillo desierto de alguna facultad). Él, detenido ante el camino a seguir, congelado durante unos segundos en el cruce de dos tiempos remotos, reconoce sobre su rostro la oscuridad de la misma noche, la misma lluvia.

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2 comentarios

  1. Querido Gotardo. No veo otro medio de darte las gracias por vuelo 714 que en este Blog. Te pido mil excusas pero tenía la necesidad de darte las gracias a tí y al equipo por haber puesto a disposición este medio de comunicación sobre los Quero.La vida sigue y espero seguir lo que realizes en tu nueva página. Créeme que si con este trabajo has conseguido que algunas personas acerquen sus conocimientos sobre el tema e incluso que hayan conocido a través de vuelo 714 a familiares lejanos pero muy cerca en el pensamiento has (habeis) realizado una gran labor de aclaración sobre un tema bastante difícil.
    Créeme que la historia de Los Quero no está terminada con el libro publicado.

    Mi correo electrónico lo tienes por si algún día necesitas algo de un granaíno en el exilio.

    Salud y fuerza

    José

    Viva Graná

  2. Quizás cabría un jugoso ensayo sobre la multiplicidad del tiempo, es decir, sobre las distintas formas de medir su paso desde el punto de vista siempre del observador.

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