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Jonás
8 abril 2009

Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba, y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida.

Jonás 4:8

Tuve un pez naranja que se llamaba Abraham, uno de esos que a los dos o tres meses amanecen flotando con la panza hinchada. La gente venía por casa, lo veía nadar inquieto en la pecera y preguntaba ¿Cómo se llama? Abraham, respondía yo, ¿Es que has hecho alguna promesa? La gente ponía cara de asombro traumático y yo, interpretándolo como una forma de coartar la libertad simbólica de ponerle a mi mascota el nombre que yo quisiera (igual que la tortuga se llamaba obviamente Dartacán y el cáctus Hermann e incluso algunos gusanos tuvieron nombre, no todos), decidí que desde aquel día todos mis peces tendrían nombre bíblicos -aunque eso no sucedió hasta ayer-.

Abraham, imagino que por una mezcla de selección genética y de cuidados especiales, no murió a los pocos meses, sino que sobrevivió un par de años, empezó a perder su naranja brillante y se volvió blanco como las barbas plateadas de un Moisés recién bajado del Sinaí iluminado por la Ley de Dios. Mi madre cuidaba al pez como si fuera un rey del Antiguo Testamento: preparaba el agua varios días antes para que se evaporara el cloro, la guardaba en una habitación lejos de la calefacción pero no a la intemperie para que el agua estuviera a la temperatura adecuada, lavaba y enjuagaba los guijarros y la planta de plástico del acuario, manipulaba al pez con una red especial para no dañarle las escamas y lo alimentaba con cariño, el pez comía esas escamas de insecto triturado que hieden a rayos, pero se las echábamos con cariño.

Yo era relativamente pequeño, no recuerdo que edad tenía, y pese a haber recibido una educación de meapilas por parte de mis abuelos y de mis profesores del colegio, el nombre bíblico del pez se debía a razones claramente terrenales. Solía ver una serie de televisión protagonizada por un tal Webster, un niño negro que debía ser la viva imagen del Tostao cuando era niño. Webster tenía como mascota un pez llamado Abraham -al menos en la versión española- y yo lo único que hice fue copiar el nombre del pez -digamos que tome el serial como influencia, no lo plagié-, porque ya por entonces andaba rendido a la mediocridad, octavo pecado capital. Imagino además que se trataba de dos cosas que me gustaban: por un lado una serie de televisión, aparato que llenó muchas horas de infancia, y por otro el pez Abraham que nadaba incansable en una pecera en la cocina.

No sé cuántos años pasaron, pero la muerte no alcanzó a Abraham antes de que el naranja de sus escamas hubiese desaparecido completamente y se hubiese convertido en una transparencia casi completa (algunas vísceras cambiaban el color de su vientre y, entre los ojos, cuando miraba de frente al cristal de la pecera, se podía distinguir una profunda mancha oscura que debía ser la memoria del pez). Fue mi padre el que me dijo que Abraham había muerto al recogerme del colegio un día de nublado de otoño -por alguna extraña razón, hasta que cumplí trece años, todos los días de colegio fueron nublados y de otoño-. Los detalles no los conozco, sólo los imaginé: Abraham flotando con el vientre hinchado en la pecera en la cocina en una mañana nublada de otoño. No recuerdo haber sentido una pena inusual por la muerte del pez, porque de alguna forma sé que fue feliz pese a su longevidad. Vivía mejor que yo el pez maldito.

Han pasado muchos años desde entonces y ahora vivo con una mujer que también tuvo un pez naranja, de esos que se mueren a los dos o tres meses, que se llamaba Pipo y tuvo una longevidad extraña, aparentemente de récord. Ayer decidimos ampliar la familia y adoptamos a un pez naranja que, siguiendo la tradición de los nombres bíblicios, se llama Jonás y va a ser compañero de cautiverio de Dada, el hámster -el pez en su pecera, el ratón en su jaula, nunca al revés-. El pez no se llama Jonás a causa de ninguna promesa, como pudieron pensar erróneamente de Abraham, el pez, no el profeta, y tampoco porque viva a la sombra de una planta, sino por una casual combinación de mi afición infantil por la televisión y mi fanatismo por las novelas de Paul Auster.

Jamaś me habría fijado en el profeta Jonás de no ser por La invención de la soledad de Auster, ya no se trata sólo del extraño episodio en el vientre de la ballena, sino de la paradoja que envuelve el mito -y de la que he hablado ya en alguna ocasión-: Jonás es el único profeta que no es profeta. Además de huír de Dios, cuando es atrapado por el poder sobrenatural de quien todo lo ve, Jonás se queja, protesta, intenta escaquearse, huye y vuelve a caer en la desgracia de ser incordiado por un Dios que parece divertirse con el sufrimiento de Jonás, y para colmo, cuando cede y profetiza la desgracia sobre Nínive, Dios perdona a la horda de pecadores arrepentidos y deja a Jonás, con su profecía incumplida, fuera de la ciudad, deseando la muerte a pleno sol. Jonás es, además de un falso profeta, un detractor de Dios y llega a afirmar estar “enojado hasta la muerte”. Desde un punto de vista literario, analítico y agnóstico, teniendo en cuenta que Jonás tiene la certeza de que Dios existe -porque conversa y discute con él- y teniendo en cuenta que reniega de Él y prefiere la muerte antes que la existencia bajo el influjo de un Todopoderoso de justicia cuestionable, Jonás se perfila como un personaje no solamente curioso, sino extremadamente complejo e interesante.

Jonás, el pez, vive ahora en una pecera redonda sobre la mesa del salón, nada a ratos, come por la tarde y nosotros lo miramos preguntándonos si llegara a convertirse en un pez transparante como Abraham o como Pipo. Seguramente, cuando note alguna vibración en la superficie del agua y alce la cabeza viendo las escamas de pescado e insectos caídas desde el cielo embovedado de su pecera, se mueva instintivamente para comer, meneando su boca de pez, olvidando seguramente el pez gemelo al persigue a veces junto al cristal de la pecera, y quizás preguntándose quién habrá allá arriba. Quizás la escasa memoria de pez le impida continuar un pensamiento hasta balbucir un agradecimiento telepático en forma de oración, o quizás llegue lo suficientemente lejos como para maldecir su encierro en esta casa, en esa percera, en el pequeño cuerpo de un pez naranja. Tal vez Abraham, el pez, se enojó tanto al no poder salir de su pecera o al no poder escapar del pez reflejado en el cristal que prefirió morir, como Jonás, el profeta, mejor estirar la aleta que no poder escoger, peor la felicidad que la libertad, mejor la adversidad que el cautiverio, por encima de Dios el vientre de la ballena. Aún diría más, es el comportamiento institivo de todos los animales: Dada, el hámster, se acerca a mí a cambio de pipas, huye sin embargo cuando soy yo quien se acerca y maldice con sus gritos de roedor si la despierto para cambiarle el comedero o la arena. Me ama tanto como me odia y lo hace sin saber que, por más que haga o deje de hacer, yo no la veo cuando no estoy presente, no puedo observarla sin delatarme del mismo modo que no podría enviar una plaga sobrenatural a la jaula ni podría convertir su agua en vino, al fin y al cabo, cuando yo no estoy, es como si no existiera.