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Pasar
8 febrero 2009

No fue él último momento, pero sí el último recuerdo: la luz nítida se tintaba en el horizonte del color del edificio de ladrillo y las montañas se desteñían, desde el azul oscuro hasta desaparecer en el crepúsculo. Creo que aún se oía el griterío de la tarde, los niños que iban y venían correteando o montados en bicicletas nuevas o que hacían botar algún balón de cuero en la pista de deportes. Fue el último recuerdo: allí no había nadie, nada aparte de la luz rojiza sobre el edificio de ladrillo, nada más que el color vívido de las montañas que se volvían transparentes.

Los meses habían pasado y en los intersticios de los segundos, bajo el paso calmado de cada día, no había quedado más que el poso íntimo de los segundos desvinculados de todo ser o todo tiempo. El lugar que estábamos abandonando apenas nos legaba un extenso equipaje que atestaba de paquetes el Opel ocre aparcado frente al edificio de ladrillo, el lastre de un pequeño fragmento de vida.

Ése fue el último recuerdo de los pocos recuerdos, el color de una pesadilla de Chesterton en estado líquido sobre las formas -hay otros, y muy vívidos, parecen ligados a otro tiempo y a otro lugar-. Peor aún: fue el recuerdo lo único que quedó. En nosotros no hay huella de ninguna otra persona, ni dejamos en nadie marca de nuestra presencia. Fuimos como un rayo del atardecer que se desliza sobre el edificio de ladrillo rojizo sin que nadie lo mire.

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