Yet there’s no place for us, my dear, yet there’s no place for us

Se trata de una extraña forma de relacionar ideas, ya lo he contado alguna vez: algo se conecta en algún punto de mi cerebro, un impulso eléctrico salta de un lado a otro de la parte gris de mi alma, y un pensamiento se transforma en un recuerdo o en una idea que aparentemente no tiene nada que ver -los caminos del pensamiento son inescrutables-.

Corren malos tiempos para la lírica, es decir, las circunstancias globales y las personales cada cual están, al menos en mi caso, invadiendo ese espacio al que llamamos paz y que yo utilizaba, en parte, para escribir -lo que equivale en esencia a razonar, ordenar ideas, sacar conclusiones, construir planes infalibles-. Dicen que cuando corren malos tiempos se agudiza el ingenio -también el artístico- y surgen genios, obras maestras, etc… Ahora que a todo el mundo se le llena la boca -y otros orificios digestivos- con la palabra ‘crisis’ quizás alguien invente una forma de rimar una palabra consigo misma y los periódicos crisis crisis crisis pasen a considerarse new poetry en verso libre.

Algo así tenía que estar pensando, supongo, y entonces recordé un poema de Auden, Refugee Blues, que no reproduzco aquí para no violar derechos de autor de nadie y porque lo pueden leer -también traducido al español- en la web a la que enlazo. Pero he recordado el verso de Auden que clama «Yet there’s no place for us, my dear, yet there’s no place for us», y me ha parecido en un principio aplastante, he tenido que buscar en Internet el poema completo -en casa apenas conservo una burda versión en español de cuando estudiaba traducción-, y leo ahora versos de una vigencia demoledora:

Dreamed I saw a building with a thousand floors,
A thousand windows and a thousand doors:
Not one of them was ours, my dear, not one of them was ours.

Imagino que ésta ha sido la chispa incendiaria que ha disparado mi pensamiento hacia el recuerdo de este poema: en algún momento el pesimismo reinante en el mundo del poema del refugiado de Auden ha conectado con un pesimismo que, en escala, tal vez sea idéntico en la milésima de segundo en que yo divagaba hasta llegar al verso«Yet there’s no place for us, my dear, yet there’s no place for us». Lo que me ha traído al poema no ha sido una extraña sinapsis, ni un impulso eléctrico, ni una reacción química aleatoria: ha sido el recuerdo del pesimismo, la misma sensación con que leí por primera vez y varias seguidas el poema de Auden en la misma habitación y la misma mesa en que escribo ahora, la misma sensación que aún me recorría en el Aula 15 de la FTI de Granada cuando desoía las traducciones aconsejadas por el profesor y por alguna alumna voluntaria y me concentraba en el poema, más aún, me concentraba en el aprisionamiento:

Walked through a wood, saw the birds in the trees;
They had no politicians and sang at their ease:
They weren’t the human race, my dear, they weren’t the human race.

Será que la raza humana está condenada a la injusticia, he pensado, y al instante he tenido que desdecirme al darme cuenta de que la idea es robada y, además, ha sido desdecida. Hace unas horas leía en El País esa charla con comensales que ocupa la contraportada de los sábados, en la que Stéfane Hessel afrima que todo esto, la situación actual, «Puede que sea el fin de miles de años marcados por la rivalidad como motor. Porque, si no cambiamos, nuestra rapacidad terminará devorándonos». El pesimismo se apodera del discurso transcrito en la entrevista: Hessel cuenta que conversió con  Edgar Morin sobre cómo no perder la ocasión del cambio: «Me respondió que seguramente terminaríamos autodestruyéndonos. Pero después me recordó la batalla de Stalingrado, cómo los nazis tenían todas las de ganar y, de haberlo hecho, nos hubiesen condenado a 150 años de su locura. De repente, vencieron los rusos. Lo desconcertante de la historia es que lo improbable ocurre cuando menos te lo esperas».

El pesimismo de Morin guarda un leve resquicio de esperanza, necesario al fin y al cabo para que la ‘crisis’ no se convierta en un hundimiento absoluto. En los peores momentos hay que guardar incluso fuera de pronóstico una pequeña esperanza que nos exima del fracaso total. Me parece iluso aventurar que la rivalidad como motor del mundo va a desaparecer, ni siquiera creo que desaparezca el rasgo depredador de la rivalidad, pero quizás quede alguna posibilidad de cambio, un giro inesperado -al fin y al cabo, los rusos ganaron en Stalingrado-.

A la vez que escribo este texto, vuelvo al verso de Auden, «aún no hay sitio para nosotros, cariño, aún no hay sitio para nosotros». ‘Aún’, complemento circunstancial de tiempo que en este caso es circunstancia complementaria de esperanza ante el desastre (entiéndase desastre a pequeña escala). Como en el poema de Auden, los seres libres que nos rodean están apenas a unos metros, casi al alcance de una mano que se estira clamando precisamente eso: justicia. Y ahora comprendo cómo un núcleo de pesimismo ha hecho que se crucen en algún lugar de mi cerebro los iones de sodio y potasio para rescatar del recuerdo el poema de Auden, en el que aún había una pequeña esperanza -y si la había tenía que decírtelo, cariño,si la había tenía que decírtelo -, la posibilidad improbable de que los rusos ganaran en Stalingrado, la esperanza necesaria de que pronto podamos vivir como los pájaros en el poema Auden, el momento en el que dejemos de ser meros humanos descendientes de bestias simiescas para convertirnos en algo más.

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2 comentarios

  1. Emotivo comentario…Siempre hay espereranza en el cambio pero en nosotros está esa capacidad tambien de caer y renacer…

  2. Creo que hemos encontrado algo para estar juntos un tiempo. Todo va mejor,cariño.

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