Éramos

Vinieron, después de mucho tiempo sin vernos, Vanessa y Agustín Soler, estaba también Fede Moreno con su novia, y A. Infante -también con su consorte- con quien intento mantener un contacto regular por misivas electrónicas, telefoneos esporádicos y encuentros bimensuales. Otros tantos, faltaron a la cita, víctimas de la vorágine de compromisos familiares de las fechas y del yugo de los compromisos laborales, crónicos estos últimos.

Cruzamos varias conversaciones y así Alicia pudo entender un poco nuestro antiguo universo de discos, instrumentos, cables, ensayos, y seguramente entreviera que durante los años que compartimos aprendiendo a hacer algún ruido con la guitarra o haciéndolo en pandilla se forjó un cariño manifiesto entre algunos de nosotros, cariño y amistad sempiterna que ni el tiempo ni la distancia ni la dejadez han apagado, y además, he de reconocerlo, hicieron que sintiera cierta admiración vehemente hacia la mayoría de ellos.

Cuando Vanessa habló de la mudanza de local, desde el viejo almacén del padre de Rober en el Zaidín hacia el local de ensayo en la Chana -lo hizo sintiendo nostalgia hacia el segundo- recordé que aquello sucedió el verano en que yo dejé el grupo, por razones que casi he olvidado, y que fue aquel el momento en el que todo les empezó a ir bien. Lo he dicho alguna vez: la relación entre mi ausencia y los buenos tiempos es directa y está empíricamente demostrada. Lo que no dije -porque fue uno de esos momentos que pueblan toda conversación en los que toca callarse- es que siento nostalgia de aquellas tardes de ensayo en el Zaidín, pese a todo lo malo, pese a lo precario del local y de nuestros cables y de nuestra forma de hacer música, pese a que entendieramos todo de forma diferente -salvo Agus Soler que pareció entender siempre a todo el mundo-.

Hablaron de volver a tocar y pensé que aquel plan no me incluía: yo me fuí hace ya mucho tiempo, lo recuerdo como algo difuso y casi trivial, dejé aquello como se dejan ciertas aficiones que uno recuerda pasados los años para darse cuenta de que ha transcurrido un tiempo insalvable. No lo dije, aproveché el momento para beber un trago de cerveza, pero me sentí lejos, no para bien ni para mal, sino sencillamente lejos de todo aquello, y realmente todos lo están -para ellos guardo el beneficio de la duda: quizás la nostalgia les ayude a salvar esa distancia que hay entre lo que sucedió hace ya unos cuantos años y el presente-. Quizás les vaya bien, ya lo dije antes, la relación entre mi ausencia y los buenos tiempos es directa, y quién sabe, quizás asista a algún concierto y sea yo en el público un espectro cuyo nombre la gente pronuciará mal o sencillamente haya sido olvidado, ese fantasma que quizás nunca debió estar allí y que robó algo de ellos, alguien que, sin ser, casi es gracias a ellos.

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Una respuesta

  1. Un poco de nostalgia es síntoma de movimiento para mi.Ya no estoy ahi,estoy en otro momento,en otra vida y es posible que en otro mundo.Pero tambien fui la que era antes.

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