Archive for 31 enero 2009

Yet there’s no place for us, my dear, yet there’s no place for us
8 enero 2009

Se trata de una extraña forma de relacionar ideas, ya lo he contado alguna vez: algo se conecta en algún punto de mi cerebro, un impulso eléctrico salta de un lado a otro de la parte gris de mi alma, y un pensamiento se transforma en un recuerdo o en una idea que aparentemente no tiene nada que ver -los caminos del pensamiento son inescrutables-.

Corren malos tiempos para la lírica, es decir, las circunstancias globales y las personales cada cual están, al menos en mi caso, invadiendo ese espacio al que llamamos paz y que yo utilizaba, en parte, para escribir -lo que equivale en esencia a razonar, ordenar ideas, sacar conclusiones, construir planes infalibles-. Dicen que cuando corren malos tiempos se agudiza el ingenio -también el artístico- y surgen genios, obras maestras, etc… Ahora que a todo el mundo se le llena la boca -y otros orificios digestivos- con la palabra ‘crisis’ quizás alguien invente una forma de rimar una palabra consigo misma y los periódicos crisis crisis crisis pasen a considerarse new poetry en verso libre.

Algo así tenía que estar pensando, supongo, y entonces recordé un poema de Auden, Refugee Blues, que no reproduzco aquí para no violar derechos de autor de nadie y porque lo pueden leer -también traducido al español- en la web a la que enlazo. Pero he recordado el verso de Auden que clama «Yet there’s no place for us, my dear, yet there’s no place for us», y me ha parecido en un principio aplastante, he tenido que buscar en Internet el poema completo -en casa apenas conservo una burda versión en español de cuando estudiaba traducción-, y leo ahora versos de una vigencia demoledora:

Dreamed I saw a building with a thousand floors,
A thousand windows and a thousand doors:
Not one of them was ours, my dear, not one of them was ours.

Imagino que ésta ha sido la chispa incendiaria que ha disparado mi pensamiento hacia el recuerdo de este poema: en algún momento el pesimismo reinante en el mundo del poema del refugiado de Auden ha conectado con un pesimismo que, en escala, tal vez sea idéntico en la milésima de segundo en que yo divagaba hasta llegar al verso«Yet there’s no place for us, my dear, yet there’s no place for us». Lo que me ha traído al poema no ha sido una extraña sinapsis, ni un impulso eléctrico, ni una reacción química aleatoria: ha sido el recuerdo del pesimismo, la misma sensación con que leí por primera vez y varias seguidas el poema de Auden en la misma habitación y la misma mesa en que escribo ahora, la misma sensación que aún me recorría en el Aula 15 de la FTI de Granada cuando desoía las traducciones aconsejadas por el profesor y por alguna alumna voluntaria y me concentraba en el poema, más aún, me concentraba en el aprisionamiento:

Walked through a wood, saw the birds in the trees;
They had no politicians and sang at their ease:
They weren’t the human race, my dear, they weren’t the human race.

Será que la raza humana está condenada a la injusticia, he pensado, y al instante he tenido que desdecirme al darme cuenta de que la idea es robada y, además, ha sido desdecida. Hace unas horas leía en El País esa charla con comensales que ocupa la contraportada de los sábados, en la que Stéfane Hessel afrima que todo esto, la situación actual, «Puede que sea el fin de miles de años marcados por la rivalidad como motor. Porque, si no cambiamos, nuestra rapacidad terminará devorándonos». El pesimismo se apodera del discurso transcrito en la entrevista: Hessel cuenta que conversió con  Edgar Morin sobre cómo no perder la ocasión del cambio: «Me respondió que seguramente terminaríamos autodestruyéndonos. Pero después me recordó la batalla de Stalingrado, cómo los nazis tenían todas las de ganar y, de haberlo hecho, nos hubiesen condenado a 150 años de su locura. De repente, vencieron los rusos. Lo desconcertante de la historia es que lo improbable ocurre cuando menos te lo esperas».

El pesimismo de Morin guarda un leve resquicio de esperanza, necesario al fin y al cabo para que la ‘crisis’ no se convierta en un hundimiento absoluto. En los peores momentos hay que guardar incluso fuera de pronóstico una pequeña esperanza que nos exima del fracaso total. Me parece iluso aventurar que la rivalidad como motor del mundo va a desaparecer, ni siquiera creo que desaparezca el rasgo depredador de la rivalidad, pero quizás quede alguna posibilidad de cambio, un giro inesperado -al fin y al cabo, los rusos ganaron en Stalingrado-.

A la vez que escribo este texto, vuelvo al verso de Auden, «aún no hay sitio para nosotros, cariño, aún no hay sitio para nosotros». ‘Aún’, complemento circunstancial de tiempo que en este caso es circunstancia complementaria de esperanza ante el desastre (entiéndase desastre a pequeña escala). Como en el poema de Auden, los seres libres que nos rodean están apenas a unos metros, casi al alcance de una mano que se estira clamando precisamente eso: justicia. Y ahora comprendo cómo un núcleo de pesimismo ha hecho que se crucen en algún lugar de mi cerebro los iones de sodio y potasio para rescatar del recuerdo el poema de Auden, en el que aún había una pequeña esperanza -y si la había tenía que decírtelo, cariño,si la había tenía que decírtelo -, la posibilidad improbable de que los rusos ganaran en Stalingrado, la esperanza necesaria de que pronto podamos vivir como los pájaros en el poema Auden, el momento en el que dejemos de ser meros humanos descendientes de bestias simiescas para convertirnos en algo más.

Carrusel
8 enero 2009

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Ateos
8 enero 2009

Vivo en una ciudad que, creo, no se va a ver salpidada por el pulso, en principio amistoso, de mensajes publicitarios en los autobuses, por un lado el que proclama que “probablemente” Dios no existe, y su réplica religiosa que proclamará, imagino, su existencia, su omnipotencia, su omnipresencia y su todopoderosa vigilancia desde las alturas.

Ya sabemos que, pese a la omnividente presencia del ojo divino, cual Sauron bíblico, en ocasiones acechante y castigadora, paradójicamente, los objetivos de la presencia del Altísimo consisten en impartir justicia divina sobre nuestra nimia existencia, que ganen los buenos y se castigue a los malos al final -en un final al que creo que suelen llamar Juicio Final y que llegará un día de estos, quizás tardará aún, ya sabemos como funciona la justicia en España por divina de la muerte que sea-. Dios es esperanza, exista o no, lo dicen desde el clero hasta las tabernas de ateos, pasando por la filosofía y por la ínfima existencia de quien sin pensarlo clama al cielo cuando viene la crisis, la enfermedad o el desamor. De modo que la campaña atea que pretende despertar en la población la conciencia de una “probabilidad” de que Dios no exista viene a decir que, probablemente, después de palmarla no hay nada, seguramente la consecuencia más grave de la inexistencia de Dios.

Cuestiones religiosas aparte, me asustó la iniciativa de los ateos porque, después de una vida ladrándole a predicadores de la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo de Todos Sus Santos y Muertos desde detrás de la mirilla, a hechiceros tribales que reparten panfletos por el centro de la ciudad, a brujas tetonas de canal local y adivinos horteras de la farándula, marujas aficionadas a lo espiritual y lo espirituoso, lectores de horóscopos, estudiosos de las líneas de la mano y meros creyentes en la suerte, después de todo eso, digo, me divierte y aterra la idea de que exista, en un futuro próximo, una horda de predicadores ateos que llamen a mi puerta anunciando la inexistencia de un Dios del que, yo ya estoy convencido, no hemos tenido noticias desde hace miles de años, nunca jamás si nos ceñimos a lo documentado con rigor. Y si se diera el caso, Dios no lo quiera existencia figurada mediante, espero que repartieran, al menos, las obras completas de Stephen Hawkin -aunque dicen que no es que sea ateo, es que está enfadado con Dios porque va en silla de ruedas- y otros ateos de renombre.

Lo bonito de la historia es que, parece ser, aún no se ha llegado a las manos, y la posibilidad de abrir un debate religioso elegante es la posibilidad de que la gente abandone las creencias por inercia o tradición, reflexione y elija libremente.

Hijos de puta (encontrar trabajo en tiempos de crisis)
8 enero 2009

Me he acordado, al ver un cartel en el centro, de algunos hijos de puta que andarán ahora cotizando a la alza, sordos de escuchar el clink de sus cajas registradoras y con la mandíbula desencajada de la risa por haberle sacado cincuenta pavos a unos cuantos primos que, por estas fechas, para más inri, serán algunos de los más de tres millones de parados que buscan algún clavo ardiendo al que aferrarse para darle de comer a sus pipiolos y, quién sabe, pillar alguna migaja. Con el sueño perdido por la crisis y usando las nuevas tecnologías es normal pasar horas insertando curriculums en portales de empleo y buscando trabajo por internet, siguiendo los hipervínculos de la esperanza que nos llevan la mayoría de las veces a una pérdida de tiempo supina -aunque, ojo, a veces funciona, lo sé por experiencia-.

Lo peor de los malos tiempos es que el más espabilado aprovecha la desesperación de unos cuantos para hacer negocio con la necesidad de los demás, ofreciendo soluciones rápidas y eficaces a situaciones urgentes que suelen llamarse «trabaja de desde casa», «gana dinero rápido y fácil», «ingresos extra» y títulos por el estilo. Me lo vais a decir en los comentarios, así que para ahorrároslo lo digo yo: es lo de siempre, gente que se aprovecha de gente, gente que roba el dinero a otra gente, etc.

Me he acordado al ver un cartel, escrito a mano, y con un teléfono móvil de contacto, «Genere ingresos extra, preguntar por…», sin el nombre de una empresa ofertante, tan sólo un partícular cuyo nombre no tenía más imagen corporativa que la tinta fotocopiante de la tinta de un nombre escrito a mano sobre una hoja cuadriculada. Me he acordado del día en que me llamaron y aún se me han venido a la cabeza algunos insultos que, si bien son poco originales, destacan por su inadecuada ordinariez y su ingente capacidad de manifestación de odio al hijo de puta que un mal día me ofreció un trabajo desde casa, con el que yo me iba a forrar currando tres horas al día, hace unos años, eso sí, a cambio de dinero:

-Usted recibirá en casa un video formativo en el que le explicamos en que consiste exactamente el trabajo y cómo llevarlo a cabo -decía mi potencial employer de los huevos-, y entonces si está interesado empezará a trabajar con nosotros.

-¿Y en qué consiste el trabajo? -preguntaba yo una y otra vez sin que me respondieran ni de forma clara ni difusa, sólo con negativas.

-Eso lo verá mejor en los videos explicativos.

-Pues envíemelos.

-Por supuesto, don Gotardo, el coste de los videos es de 50 €, cuando los vea puede devolvérnoslos y entonces nosotros le devolveremos el dinero.

Tengo una regla a la hora de buscar trabajo, que debería ser universal: uno trabaja para cobrar, y jamás debe pagar para trabajar (a estas alturas, no es una norma tan obvia, lo sé de buena tinta).

-Ajá, pero explíqueme por encima en qué consiste el trabajo para saber si voy a estar interesado.

-No podría -decía el otro-, es complejo y mejor que lo vea usted en los videos formativos. Si quiere dígame sus datos para que se los envíe a su casa y pueda verlos -me dijo varias veces, ante mi insistencia, que se le debía estar volviendo un tanto incómoda.

-Hay que ser hijo de puta -empecé a decir. El resto del discurso no lo escuchó porque no tardó en colgarme el teléfono, el muy hijo de puta, y hoy, al ver ese cartel en el centro, «Genere ingresos extra, preguntar por…», me he acordado de todos vosotros, los que robais a quien no tiene, los que sacais provecho de la desigualdad y de la desesperación de quien se encuentra en una situación sin salida, timadores de poca monta, especialistas del blanqueo, inventores del timo de la estampita, usureros de billetes de quinientos, me he acordado de vuestra progenie y he deseado un intenso mal fario para vosotros y vuestra maldita desdendencia, buitres hijos de la gran puta.

Éramos
8 enero 2009

Vinieron, después de mucho tiempo sin vernos, Vanessa y Agustín Soler, estaba también Fede Moreno con su novia, y A. Infante -también con su consorte- con quien intento mantener un contacto regular por misivas electrónicas, telefoneos esporádicos y encuentros bimensuales. Otros tantos, faltaron a la cita, víctimas de la vorágine de compromisos familiares de las fechas y del yugo de los compromisos laborales, crónicos estos últimos.

Cruzamos varias conversaciones y así Alicia pudo entender un poco nuestro antiguo universo de discos, instrumentos, cables, ensayos, y seguramente entreviera que durante los años que compartimos aprendiendo a hacer algún ruido con la guitarra o haciéndolo en pandilla se forjó un cariño manifiesto entre algunos de nosotros, cariño y amistad sempiterna que ni el tiempo ni la distancia ni la dejadez han apagado, y además, he de reconocerlo, hicieron que sintiera cierta admiración vehemente hacia la mayoría de ellos.

Cuando Vanessa habló de la mudanza de local, desde el viejo almacén del padre de Rober en el Zaidín hacia el local de ensayo en la Chana -lo hizo sintiendo nostalgia hacia el segundo- recordé que aquello sucedió el verano en que yo dejé el grupo, por razones que casi he olvidado, y que fue aquel el momento en el que todo les empezó a ir bien. Lo he dicho alguna vez: la relación entre mi ausencia y los buenos tiempos es directa y está empíricamente demostrada. Lo que no dije -porque fue uno de esos momentos que pueblan toda conversación en los que toca callarse- es que siento nostalgia de aquellas tardes de ensayo en el Zaidín, pese a todo lo malo, pese a lo precario del local y de nuestros cables y de nuestra forma de hacer música, pese a que entendieramos todo de forma diferente -salvo Agus Soler que pareció entender siempre a todo el mundo-.

Hablaron de volver a tocar y pensé que aquel plan no me incluía: yo me fuí hace ya mucho tiempo, lo recuerdo como algo difuso y casi trivial, dejé aquello como se dejan ciertas aficiones que uno recuerda pasados los años para darse cuenta de que ha transcurrido un tiempo insalvable. No lo dije, aproveché el momento para beber un trago de cerveza, pero me sentí lejos, no para bien ni para mal, sino sencillamente lejos de todo aquello, y realmente todos lo están -para ellos guardo el beneficio de la duda: quizás la nostalgia les ayude a salvar esa distancia que hay entre lo que sucedió hace ya unos cuantos años y el presente-. Quizás les vaya bien, ya lo dije antes, la relación entre mi ausencia y los buenos tiempos es directa, y quién sabe, quizás asista a algún concierto y sea yo en el público un espectro cuyo nombre la gente pronuciará mal o sencillamente haya sido olvidado, ese fantasma que quizás nunca debió estar allí y que robó algo de ellos, alguien que, sin ser, casi es gracias a ellos.