Extranjero

Siento ahora las debilidades del viajero, debilidades que recuerdo fueron mías, que recupero ahora después de un tiempo indefinido. Siento una cierta debilidad inexplicable hacia las inclemencias: la lluvia que azota el coche en la noche durante un viaje que se prolonga más de lo deseable, que diluye sobre la luna las luces de la carretera, los ojos rojos como de alimañas de los vehículos que navegan allá a lo lejos; la niebla, que anuncia su llegada sutil recorriendo los intersticios de los árboles sobre un cerro, que luego se densifica sobre la calzada borrando de la vista todo resto de paisaje, toda marca de color que no sea un extracto del gris puro de los nublos; el viento que acaricia el paisaje, su susurro silente en las arboledas, su tacto suave en el rostro, visto desde la orilla de la carretera, en una vía de servicio en la que no hay más que un dependiente y un cartel luminoso que ya no brilla; la presencia lejana, en la negrura de la noche, de laciudad a la que estamos llegando, su fulgor reflejado en las nubes enrojecidas, la espera paciente en el horizonte; Sierra Nevada, a lo lejos, mitigada por la negrura constante de la noche, un aliento de nieve frío e invisible.

Comprendo, sin más explicaciones, la nostalgia inaudita del extranjero, que vuelve a casa por primera vez, como si al abandonar un lugar no dejáramos en el vacío a nuestra espalda más que el sedimento de las buenas sensaciones: allá quedan el cariño o la paz, el tacto resbaladizo de las aceras húmedas, la oscuridad de las calles del Albaycín, las plazas inmutables, la vida urbana que persiste y persistirá más allá de nosotros y por los siglos de los siglos. Amén. Hay un pasaje junto a la Iglesia de Santo Domingo que espera mi llegada con la calidez de un callejón húmedo, hay un río subterráneo que regalaba oro, donde los gatos se agostan ahora por siempre jamás, esperándome sobre el agua y la hierba, hay más arriba una Alhambra paciente cuya mirada luminosa se posa sobre el Paseo de los Tristes y sobre gente que mira alrededor como yo.

Ahora me persigue como a un extraño la presencia delincuente de una timadora que ofrece amuletos de arrayán a cambio de monedas, me guían las calles como guían los caminos a aquellos que no tienen un lugar a donde ir, ni casa ni oficio, aunque me siguen desconsolando por igual las melodías desafinadas y desgastadas de los acordeonistas callejeros, de los violinistas que mendigan a cambiado del chillido imperdonable de su instrumento. Este es el eterno paraje de lo inmutable, la pasión que producen las calles y las aceras y la Plaza de las Pasiegas, porque en Granada siempre se prestarán a ser amados los edificios y los personajes más que las personas.

Siento ahora las debilidades del viajero, la extraña tentación de la ciudad, que ahora parece a la vez familiar y exótica, el impulso de mirarla desde lejos, como si ya no quedara nada de mí en esas calles, quizás la tentación de jugar a encontrar las diferencias con el recuerdo, buscar más alla de lo aparentemente perenne de su apariencia.

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Una respuesta

  1. Te voy siguiendo desde tu anterior blog… te frecuentaré, seguro que sí… Saludos… Liberto Brau

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