Archive for 24 noviembre 2008

Morning bell
8 noviembre 2008

Parce que moi je rêve, moi je ne le suis pas, parce que moi je rêve, moi je ne le suis pas. Bip bip. Hay tres hombres. Uno de ellos soy yo. Bip bip. Es esta sensación de salir del sueño y salir de la muerte y volver a la consciencia y volver a la vida o viceversa. Nobody wants to be a slave. Hay una transición que atraviesa el cráneo, bip bip, en la que uno padece una consciencia fugaz de las fluctuaciones del pensamiento durante la hora del sueño, como si para ser inteligente hubiera que detener todo el cuerpo y dejar al cerebro trabajando en modo automático, loading, bip bip, sé que hay gente que llora cada día llegado ese momento.

Pero hay tres hombres, uno de ellos soy yo, que ya ha dejado de soñar pero aún se ve desde fuera, otro trabajaba como artista melódico, compuso los acordes midi del tono-politono-sonitono que cada mañana me arranca del sueño -de mi inteligencia marchita, de mi genialidad idiota- y me entrega a esta obsequiosa versión de la realidad, bip bip, ese jodido resorte en la mesilla de noche, esa música infernal en la que alguien puso toda su inspiración para que yo baje a Greenwich St. dentro de dos horas y sienta una patada en la nuca al escucharla configurada como tono para llamadas en el celular del tercer hombre. La belleza las piezas es relativa, en el fondo todas pueden ser horrendas y quizás en el fondo todas lo sean y terminen con alguien apretando un botón para silenciar el sonido de un despertador o con alguien apretando un botón para hablar a gritos por teléfono como si no tuviera teléfono. Bip. Reflejo condicionado.

Entonces pienso qué buena es la batería de Morning Bell y qué traumática termina la canción, como si mil sonidos escondieran el ritmo del sueño que es el ritmo del pensamiento, morning bell, release me, walking, walking, y todo parece haber sido un espejismo sonoro porque aún no es de día y la oscuridad es un lugar demasiado triste para ser real. Quizás si hubiera un poco de penumbra…

Después suena el despertador de ella a un volumen apenas audible, una emisora de radio bien sintonizada en la que ya han sonado las señales horarias, no bip, y comienza una canción, Just listen to the music of the traffic in the city, linger on the sidewalk where the neon signs are pretty, y noto cómo ella se remueve ente las sábanas y las mantas y aún está dormida y prontó olerá toda la casa a café recién hecho y a champú recién masajeado en las sienes y tal vez ella cante. Paso otra página del calendario con el eco de la canción o con la voz de ella tarareándola desde la cocina.

Quizás estar aquí sea estar vivo, definitivamente, o viceversa, incluso. Aquí y ahora, estar vivo es estar aquí y ahora, en esta calle camino del trabajo, la parada del metro a mi espalda, caminando hacia el sur por Greenwich St, allá las twins refulgiendo por el lado este, quizás esto también sea bello, por qué no, hay quien adora el sonido que me despierta todas las mañanas, me gustaría determe aquí, para qué tanta prisa por entrar en ese edificio, me gusta más desde fuera, desde la calle, pero hay un reloj en aquella esquina que dice que el tiempo apremia, mañana volveré, es un poco tarde, 8:43, 09/11/2001

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La paradoja del hipocondríaco
8 noviembre 2008

-Soy hipocondríaco.

-¿Crees que tienes alguna enfermedad?

-No.

-Entonces no eres hipocondríaco.

-Lo soy. ¿No es la hipocondría una enfermedad? Yo estoy convencido de que soy hipocondríaco.

-¡Pero no lo eres!.

-Mejor me lo pones.

Extranjero
8 noviembre 2008

Siento ahora las debilidades del viajero, debilidades que recuerdo fueron mías, que recupero ahora después de un tiempo indefinido. Siento una cierta debilidad inexplicable hacia las inclemencias: la lluvia que azota el coche en la noche durante un viaje que se prolonga más de lo deseable, que diluye sobre la luna las luces de la carretera, los ojos rojos como de alimañas de los vehículos que navegan allá a lo lejos; la niebla, que anuncia su llegada sutil recorriendo los intersticios de los árboles sobre un cerro, que luego se densifica sobre la calzada borrando de la vista todo resto de paisaje, toda marca de color que no sea un extracto del gris puro de los nublos; el viento que acaricia el paisaje, su susurro silente en las arboledas, su tacto suave en el rostro, visto desde la orilla de la carretera, en una vía de servicio en la que no hay más que un dependiente y un cartel luminoso que ya no brilla; la presencia lejana, en la negrura de la noche, de laciudad a la que estamos llegando, su fulgor reflejado en las nubes enrojecidas, la espera paciente en el horizonte; Sierra Nevada, a lo lejos, mitigada por la negrura constante de la noche, un aliento de nieve frío e invisible.

Comprendo, sin más explicaciones, la nostalgia inaudita del extranjero, que vuelve a casa por primera vez, como si al abandonar un lugar no dejáramos en el vacío a nuestra espalda más que el sedimento de las buenas sensaciones: allá quedan el cariño o la paz, el tacto resbaladizo de las aceras húmedas, la oscuridad de las calles del Albaycín, las plazas inmutables, la vida urbana que persiste y persistirá más allá de nosotros y por los siglos de los siglos. Amén. Hay un pasaje junto a la Iglesia de Santo Domingo que espera mi llegada con la calidez de un callejón húmedo, hay un río subterráneo que regalaba oro, donde los gatos se agostan ahora por siempre jamás, esperándome sobre el agua y la hierba, hay más arriba una Alhambra paciente cuya mirada luminosa se posa sobre el Paseo de los Tristes y sobre gente que mira alrededor como yo.

Ahora me persigue como a un extraño la presencia delincuente de una timadora que ofrece amuletos de arrayán a cambio de monedas, me guían las calles como guían los caminos a aquellos que no tienen un lugar a donde ir, ni casa ni oficio, aunque me siguen desconsolando por igual las melodías desafinadas y desgastadas de los acordeonistas callejeros, de los violinistas que mendigan a cambiado del chillido imperdonable de su instrumento. Este es el eterno paraje de lo inmutable, la pasión que producen las calles y las aceras y la Plaza de las Pasiegas, porque en Granada siempre se prestarán a ser amados los edificios y los personajes más que las personas.

Siento ahora las debilidades del viajero, la extraña tentación de la ciudad, que ahora parece a la vez familiar y exótica, el impulso de mirarla desde lejos, como si ya no quedara nada de mí en esas calles, quizás la tentación de jugar a encontrar las diferencias con el recuerdo, buscar más alla de lo aparentemente perenne de su apariencia.