La tormenta

Tormenta en Granada, por Psycobite

Tormenta en Granada, por Psycobite

 
Ahora sabemos de la inexistencia de esa entelequia a la que llamamos cielo o, al menos, sabemos que el cielo no es ese espacio tangible, esa superficie abovedada, que cubre como un techo la superficie de la tierra; sin embargo está ahí presente, como un efecto óptico, como una ilusión, como un límite que la distancia pone al ojo humano. El cielo de Granada es una franja que atraviesa la ciudad de norte a sur: por el este se alza la Sabika -y sobre la Sabika se yerguen la Torre de la Vela, el Carmen de los Mártires y el Cementerio de San José-, mientras poniente se esconde a mis espaldas, por detrás de aquel edificio, de aquella ventana a la que me asomo ahora con la imaginación. El cielo de Granada es sin duda estrecho, quizás asfixiante, pero extrañamente alto: los nublos se apilan unos encima de otros cuando viajan hacia Sierra Nevada, sólo se les ve extenderse en la distancia si uno se gira a mirar hacia la Vega, que ahora se me antoja demasiado reducida.

Las tardes de tormenta, la ciudad queda envuelta en una masa opaca y gris, casi negra, y por el norte se ven venir negras nubes anunciadas por un séquito de aves nerviosas, por la ausencia poco frecuente de los gatos en la callejuela. Encarnita abre la puerta de su casa y mira al cielo, se desliza a su espalda la sombra grandullona de su hijo Rafi, expectante, y la anciana, en voz alta, como si hablara a algún vecino que está ausente, anuncia las obviedades de la meteorología: «el cielo se ha puesto negro, va a haber tormenta». Hay un calor extraño, el mismo calor húmedo de siempre, que agita el viento de una manera que observamos con mirada renovada, inocente y sorprendida. Cuando redescubrimos los síntomas de la tormenta se escucha el primer trueno, oscuro, sin relámpago, ruge desde el norte, y allá arriba, sobre la Sabika, ya se agitan violentamente las palmeras del Carmen de los Mártires.

Mi padre, en ese momento, ya observa desde el balcón el vaivén del tendido eléctrico, la busca de guarida de los gorriones, que vuelan desorientados. Mira hacia el norte, esperando ver el primer relámpago, hacia la Sabika, que parece agitarse antes que el resto de la ciudad, observa fascinado, absorto como cuando mira el mar o el fuego que arde en una chimenea, como si toda la agitación de la ciudad se tradujera en una calma pura y placentera que yo he heredado: la siento cuando observo la mar gruesa, las llamas de una fogata que crece o el presagio opaco de una tarde de tormenta. Esperará el primer relámpago y guardará silencio, contando para él los segundos que pasan antes de que resuene un trueno lejano: «la tormenta ya está cerca», dirá tranquilo, dando una calada a un ducados negro que forma volutas de tormenta frente a su cara.

Ahora que miro al cielo desde un lugar más amplio, la ancha extensión de las tierras extremeñas, la bóveda celeste se me antoja plana, infinita en el horizonte -más aún desde la torre del castillo de Feria, donde los únicos límites de la geografía son la mirada y el vértigo-, quizás de menor altura que la granadina. Me subo al coche, me acomodo en el asiento del copiloto sin dejar de mirar el horizonte, ganado por un inmenso nublo que avanza hacia nosotros: allá relampaguean las fugaces culebrinas, aquí cuento yo los segundos, cinco veces, y sé que esquivaremos la tormenta si salimos ya por la carretera que lleva hacia el norte. Hoy soy yo quien dice «el cielo se está poniendo negro, va a haber tormenta». 

Mi padre, en Granada, se rinde al placer de dejar que la lluvia moje los cristales como mojan los tejados los resplandores de los rayos, que se suceden, se diría, como los latidos vitales de la tormenta. Imagino que Encarnita habrá apagado la luz de todas las habitaciones, el televisor y y la radio, y, quizás, como hacía antes, haya encendido un par de velas para rezarle a una virgen. «Tres segundos», ha contado mi padre desde el balcón, «la tormenta está a menos de un kilómetro», y ya el aire trae un espeso olor a tierra mojada.

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2 comentarios

  1. “Ahora que miro al cielo desde un lugar más amplio, la ancha extensión de las tierras extremeñas.”

    El cielo es así solo en la dehesa, en los valles el cielo es tan diferente que hasta la gente mira distinto. No es lo mismo que el cielo sea solo ese hueco que perfilan las montañas a que el cielo te rodee por todas partes. Los de las vegas y dehesas entendemos el infinito.

  2. wauw–qué foto!

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