Archive for 28 octubre 2008

El rostro de aquel hombre
8 octubre 2008

No encuentro la relación entre aquellas dos imágenes, por un lado el rostro de un hombre con la mirada fija, por otro lado la lluvia, no el chubasco, si no la persistente acuosidad del aire, la pesada presencia de las nubes, gris oscuro, que se desmoronaban sobre la dehesa allá en el horizonte. No encuentro relación entre aquellas dos imágenes y, sin embargo,  en el rostro desaliñado de aquel hombre, en su barba de varios días, en su pelo despeinado, en sus leves ojeras, intuyo restos de lluvia, ondas de agua que se agitan sobre el asfalto negro, suave olor a tierra mojada. No encuentro la relación entre estas dos imágenes y sin embargo está ahí, en la instantánea fugaz que captura una gota de agua suspendida en el vacío, en el instante exacto en que un hombre está suspendido en el vacío, en el rostro que aparece súbitamente como el rostro de un fantasma, dejando apenas un eco de su presencia, un golpe de luz gris que se extiende durante unos segundos, un sabor a vacío que hace entornar los ojos con la intensidad de un suspiro que no alcanza a surgir.

No encuentro la relación entre el rostro de ese hombre que ahora me parece un desconocido y la ineluctable presencia de la lluvia, del frío, de la humedad desigual en las fachadas y en las aceras, pero intuyo en la presencia de ese rostro al antagonista del olor a tierra mojada, intuyo además una mano que tiembla en un lugar que no atisbo. Sé que me condena la presencia de lo invisible, el espectro de un recuerdo indeterminado que pretendo borrar no sólo de la memoria, sino de la absoluta amplitud del tiempo; sé que me hipnotiza la extraña belleza de la lluvia sobre la ciudad, la desértica apariencia de las calles, la húmeda negrura del asfalto allá abajo, sé que debo girar el rostro ahora, apartarlo por fin de esa visión insostenible que me observa fijamente desde el espejo.

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Que no sea garrafa
8 octubre 2008

Había dos cosas que capaces de interrumpir aquellas madrugadas de charla: que el camarero nos echara o que el garrafón fuera intragable. Recuerdo aquel día en que un amigo -que sé que prefiere que su nombre no aparezca aquí- se dejó dos copas enteras de Ron Pálido y se marchó a casa incapaz de seguir con aquel brebaje inmundo.

Necesitaba un espacio para contar cosas distintas de las que cuento aquí, por eso ha abierto un nuevo espacio en el que podemos salir a tomar una copa, y que no sea de garrafa.

Contra la pornografía infantil
8 octubre 2008

 

Campaña contra la pornografia infantil

Campaña contra la pornografía infantil

El sol del membrillo de Víctor Erice
8 octubre 2008

El sol del membrillo (Víctor Erice, 1992) es, además del intento de Antonio López de pintar un membrillero bajo las luces del otoño, la descripción de una metodología de trabajo enfocada al arte, en este caso a la pintura, que surge directamente de la mirada apasionada de un hombre que se recrea en el motivo protagonista de su obra. La película, lejos de ser tan sencilla como aparenta su argumento, premite sin ninguna dificultad disfrutar de la relación entre artista y obra, por un lado a través del trabajo intenso de Antonio López, por otro a través de la recreación de la cámara en un entorno que gira alrededor del membrillero.

De retratos imposibles
8 octubre 2008

La primera vez que vi al Tostao vestía una camisa ancha, a cuadros, creo recordar, y llevaba el pelo más largo, incipientemente a lo afro; los dos estábamos sentándonos en Lengua Española I y, pocos días después, coincidimos en bancas contiguas. Según recuerdo, después de intercambiar algún comentario neutro y simpático típico de recién conocidos, nuestra amistad se empezó a fraguar a las puertas de la Facultad de Traducción e Interpretación de Granada, con un par de cigarrillos de por medio y pipiolas ululando azotadas por la historia de los trabajos que se avecinaban.

Alguna vez intenté retratar con literatura al Tostao, porque, según supe con el tiempo, su vida estaba estrechamente relacionada con las artes -creando así un vínculo de afinidad conmigo- de una forma peculiar: se había erigido en la historia de los anonimatos no como un creador, sino como un personaje novelesco. Sé de buena tinta que aprendió pronto a defenderse a hostias en la vida, y pese a eso desarrolló una parsimonia que, junto a su manifiesto parecido con Pablo Milanés, fue el rasgo que más llamó mi atención de su personaje. Antes de presentárselo a algún otro amigo siempre decía «te voy a presentar a un hombre que es igual que Pablo Milanés de joven», y si hablaba de él con alguien que no le conocía me esmeraba en describir la lentitud con que recogía el papelamen en clase mientras las niñas salían corriendo, la parsimoniosa forma de recrease en el acto de levantarse de la silla y salir despacio, con mucha calma, charlando con todo el mundo, por los pasillos de la planta baja del Palacio de las Columnas, y ya en la puerta empezaba a sacar un cigarrillo, se detenía poco más allá del marco de la puerta y buscaba en sus bolsillos un mechero, charlando lenta y reflexivamente, midiendo las palabras, en una operación que duraba minutos y que desembocaba en una extraña forma de prender el cigarrillo y fumar lentamente, expulsando el humo más denso que jamás he visto, como si inflara un globo con susurros.

Poco después de conocernos, yo presenté un cuento de cuyo nombre no quiero acordarme. Estaba previsto que al acto no acudieran más de veinte o treinta personas, pero el Tostao, que apenas me conocía, movido por algún tipo de curiosidad que le obliga a meterse en cualquier lugar en donde nunca ha estado, movilizó a unas cuantas compañeras de la facultad y pasó por allí en una noche que, si no me falla la memoria, apenas dos o tres personas se preocuparon por leer mi cuento, pero sirvió para que aquel negro grandullón y yo iniciáramos una serie de rutas por tabernas y charlas a las que nos entregamos durante tan solo unos meses: fueron días de cerveza espesa, de conversaciones lentas como el humo, de llegar a casa trasnochado oliendo a whisky y tabaco.

Yo estaba convencido de que quería emplear mi vida en contar historias del mismo modo que el Tostao se dedicaba tranquilamente a vivirlas, lo que me provocó cierto conflicto que, si bien no he llegado a resolver, me llevó a pensar que hay que vivir la vida lentamente, no con la presura y el vértigo de que hacen gala los vividores, sino con la calma con la que el humo surgía de los pulmones del Tostao, enredándose en espirales que se detenían a mirarnos a los ojos antes de deshacerse en el aire. Aprendí de él que a los negros, cuando se asustan, en lugar de palidecer se ponen de un color gris, gris como el humo de los cigarrillos del tostao, quien era tranquilo hasta para pasar miedo.

No sé cuánto tiempo lleva componiendo canciones, o improvisándolas, pero imagino que habrá necesitado años para llegar, quizás por casualidad, a una carretera acompañado de una guitarra, una armónica y una cámara de video. Hace unos días me envió éste video, y estoy convencido de que es el mejor retrato del Tostao, el retrato que, mediante la literatura, yo tantas veces intenté esbozar sin éxito.

Mao y las pasiones
8 octubre 2008

«En el corazón se forman las pasiones; al expresarlas en palabras se conveierten en poesía. Los sentimientos se mueven en el interior y toman forma en las palabras. Si las palabras no bastan, se expresan en suspiros. Si los suspiros no bastan, se cantan. Si los cantos no bastan, sin querer, las manos bailan y los pies saltan»

Gran prefacio de Mao.

Desde que leí estas palabras que Mao escribió en su Gran Prefacio al Shi Jing tengo presente esa idea de expresar las pasiones en forma de poesía, o al menos en forma de palabras. Últimamente, además, me han ayudado a entender ciertos bloqueos. Estoy seguro de que todo el mundo comprende lo que dice Mao.

Diario Identidad en los medios
8 octubre 2008

Como secuela del Blog Action Day 2008. Poverty,  les quiero dejar este artículo de Emilio Fuentes que recogía hace unos días La Opinión de Granada sobre Diario Identidad, y que empieza así:

Un periódico es un puzle de noticias. La información tiene muchas caras, decenas de protagonistas. El mensaje puede distanciar o unir a cientos, a miles de personas. Un grupo de jóvenes profesionales granadinos, entre los que destacan dos comunicadores, se han servido de ello para trazar un inmenso puente sobre el Atlántico, un viaducto de papel construido con las letras y el formato de un diario. Otras grandes empresas lo habían hecho antes. Su idea, sin embargo, no ha perdido ni un ápice de originalidad, pues la fuerza que la hace posible sienta sus bases en la solidaridad. 

Sé de buena tinta que es un proyecto en el que hay implicada mucha gente que está realizando un trabajo muy duro y que merecen muy buena suerte.

Blog Action Day: El conde de las aceras
8 octubre 2008

Asi también vive la gente en Granada, por Reven

Así también vive la gente en Granada, por Reven

Reven recogió con su cámara fotográfica este conocido rostro de las calles granadinas. La postura es curiosamente simétrica a la del Señor de Orgaz en el cuadro que pintó El Greco. Uno viste una gabardina que se nos antoja polvorienta, el otro armadura de acero bruñido; sin embargo, después de todo, no somos tan distintos.

           

Detalle de El entierro del Conde de Orgaz (El Greco)

Detalle de El entierro del Conde de Orgaz (El Greco)

La tormenta
8 octubre 2008

Tormenta en Granada, por Psycobite

Tormenta en Granada, por Psycobite

 
Ahora sabemos de la inexistencia de esa entelequia a la que llamamos cielo o, al menos, sabemos que el cielo no es ese espacio tangible, esa superficie abovedada, que cubre como un techo la superficie de la tierra; sin embargo está ahí presente, como un efecto óptico, como una ilusión, como un límite que la distancia pone al ojo humano. El cielo de Granada es una franja que atraviesa la ciudad de norte a sur: por el este se alza la Sabika -y sobre la Sabika se yerguen la Torre de la Vela, el Carmen de los Mártires y el Cementerio de San José-, mientras poniente se esconde a mis espaldas, por detrás de aquel edificio, de aquella ventana a la que me asomo ahora con la imaginación. El cielo de Granada es sin duda estrecho, quizás asfixiante, pero extrañamente alto: los nublos se apilan unos encima de otros cuando viajan hacia Sierra Nevada, sólo se les ve extenderse en la distancia si uno se gira a mirar hacia la Vega, que ahora se me antoja demasiado reducida.

Las tardes de tormenta, la ciudad queda envuelta en una masa opaca y gris, casi negra, y por el norte se ven venir negras nubes anunciadas por un séquito de aves nerviosas, por la ausencia poco frecuente de los gatos en la callejuela. Encarnita abre la puerta de su casa y mira al cielo, se desliza a su espalda la sombra grandullona de su hijo Rafi, expectante, y la anciana, en voz alta, como si hablara a algún vecino que está ausente, anuncia las obviedades de la meteorología: «el cielo se ha puesto negro, va a haber tormenta». Hay un calor extraño, el mismo calor húmedo de siempre, que agita el viento de una manera que observamos con mirada renovada, inocente y sorprendida. Cuando redescubrimos los síntomas de la tormenta se escucha el primer trueno, oscuro, sin relámpago, ruge desde el norte, y allá arriba, sobre la Sabika, ya se agitan violentamente las palmeras del Carmen de los Mártires.

Mi padre, en ese momento, ya observa desde el balcón el vaivén del tendido eléctrico, la busca de guarida de los gorriones, que vuelan desorientados. Mira hacia el norte, esperando ver el primer relámpago, hacia la Sabika, que parece agitarse antes que el resto de la ciudad, observa fascinado, absorto como cuando mira el mar o el fuego que arde en una chimenea, como si toda la agitación de la ciudad se tradujera en una calma pura y placentera que yo he heredado: la siento cuando observo la mar gruesa, las llamas de una fogata que crece o el presagio opaco de una tarde de tormenta. Esperará el primer relámpago y guardará silencio, contando para él los segundos que pasan antes de que resuene un trueno lejano: «la tormenta ya está cerca», dirá tranquilo, dando una calada a un ducados negro que forma volutas de tormenta frente a su cara.

Ahora que miro al cielo desde un lugar más amplio, la ancha extensión de las tierras extremeñas, la bóveda celeste se me antoja plana, infinita en el horizonte -más aún desde la torre del castillo de Feria, donde los únicos límites de la geografía son la mirada y el vértigo-, quizás de menor altura que la granadina. Me subo al coche, me acomodo en el asiento del copiloto sin dejar de mirar el horizonte, ganado por un inmenso nublo que avanza hacia nosotros: allá relampaguean las fugaces culebrinas, aquí cuento yo los segundos, cinco veces, y sé que esquivaremos la tormenta si salimos ya por la carretera que lleva hacia el norte. Hoy soy yo quien dice «el cielo se está poniendo negro, va a haber tormenta». 

Mi padre, en Granada, se rinde al placer de dejar que la lluvia moje los cristales como mojan los tejados los resplandores de los rayos, que se suceden, se diría, como los latidos vitales de la tormenta. Imagino que Encarnita habrá apagado la luz de todas las habitaciones, el televisor y y la radio, y, quizás, como hacía antes, haya encendido un par de velas para rezarle a una virgen. «Tres segundos», ha contado mi padre desde el balcón, «la tormenta está a menos de un kilómetro», y ya el aire trae un espeso olor a tierra mojada.

Amor libre
8 octubre 2008

-¿Amor libre?

– Sí, era como en nuestro mundo, como en el mundo de los cómicos. El que se cansa se marcha, y si te he visto no me acuerdo.

– Rosita cansose pronto. No sé lo que es peor.

No necesité meditar mucho para responderle con amarga filosofía.

– Las dos cosas.

Fernando Fernán Gómez. El viaje a ninguna parte.