Un solo baobab

 

Baobab

Baobab (por raysto)

Una de las primeras ilustraciones que recuerdo es la del perezoso del principito: un hombre mirando al horizonte cósmico en un planeta diminuto que ineluctablemente va a ser destruido por tres gigantescos baobabs. Yo aún no sabía leer y hojeaba el libro, miraba las acuarelas de Saint-Exupéry, las pasaba una tras otra y volvía al principio, desde la boa que parecía un sombrero hasta la desoladora noche del desierto africano, «éste es, para mí, el más bello y más triste paisaje del mundo», escribió Saint-Exupéry, y vuelta a empezar. Había en mi casa dos ejemplares de El principito, uno en francés y otro en un español traducido en México, que fue el primero que leí, aunque eso sucedió después de haber pasado bastante tiempo observando las ilustraciones del cuento. El principito atrapa en cada uno de sus pasajes, en cada trazo de cada dibujo, sea cual sea la edad del lector; basta con abrir el libro para leer un pasaje al azar y leer «Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol», o detenerse en cualquiera de los bocetos que el aviador dibuja buscando el cordero para el principito, pero de todas las láminas recuerdo con fascinación aquella en la que sale el perezoso en su diminuto planeta a punto de sucumbir al avance destructivo de las raíces de tres baobabs gigantes.

Leí El principito tiempo después, en una segunda zambullida en el libro, una inmersión infantil en el cuento para niños que es la obra de Saint-Exupéry, y entonces lo que me maravilló fue el ingenio con que la torpe mano del aviador escondía el cordero dentro de una caja con tres agujeros. No empecé con el texto en francés hasta muchos años después, leyéndolo varias veces en paralelo con la traducción al español, empapándome por fin del libro, descubriendo que, quizás, al igual que Juan Ramón Jiménez había escrito en el prologuillo de Platero y yo, la dedicatoria de Antoine de Saint-Exupéry a León Werth debería haber sido sustituida por un aviso: éste no es un libro para niños -aunque también lo sea-.

El texto de El principito atrapa al lector, del mismo modo que sus acuarelas, gracias a su sencillez -la que le hace ser confundido con un cuento infantil, o creer la obra no más que un cuento infantil-, a una prosa que se lee con absoluta facilidad, aunque su composición sea compleja como demuestran el manuscrito y los bocetos descartados por el autor: quemaduras de cigarrillo, manchas de café, arrugas en un dibujo que fue desechado y recuperado más tarde. Saint-Exupéry no escribió El principito con la fluidez con que es leído, lidió con dibujos y palabras, descartó pasajes e ilustraciones, para construir el Universo del principito y conseguir, a través de los ojos del aviador, que la fábula fuera no sólo fácil de entender, sino también creíble. Consiguió Saint-Exupéry que sus lectores miren al cielo buscando el asteroide del principito, donde viaja la incierta existencia de una rosa vanidosa acechada por un cordero.

Entre las láminas que se descartaron en ese proceso de composición del principito, hay dos que recuerdan a la del perezoso entre los tres baobabs que casi han desintegrado el planeta: se trata de unas acuarelas que muestran al principito en su planeta, con un solo baobab cuyas raíces envuelven el hogar esférico del pequeño viajero. El principito aparece en estas láminas sosteniendo una pala y mirando el ancho tronco del baobab, en la primera con el ceño fruncido, aspecto de enojo, en el segundo con un gesto más desolador, quizás meditabundo o quizás rendido a la evidencia de la destrucción del asteroide. En una tercera lámina, el principito trabaja para eliminar cualquier rastro de baobab joven sobre la superficie de su planeta, pero su aspecto no es el del principito que aparece en el libro, los trazos que definen su figura son más rectos, las cejas picudas, los brazos parecen tensos, como si trabajaran con rabia.

El principito goza de una sencillez muy elaborada, medida. La ilustración que me fascina desde que tengo uso de razón, mucho antes de aprender a leer una sola palabra, en la que aparece el perezoso sobre su planeta, junto a sus tres baobabs que extienden imparables sus raíces, es un dibujo en el que Saint-Exupéry debió trabajar bastante tiempo a la luz de una lámpara durante noches repletas de café y tabaco, buscando una sencillez directa y de fácil comprensión. Para un niño, el descubrimiento de ése árbol gigante supone un paso más en un mundo de maravillas, para el adulto también: el mundo de El principito es sencillamente creíble, una ficción en la que resulta fácil y placentero adentrarse.

Anuncios

There are no comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: