Fall

Ya el sol, Platero, empieza a sentir pereza de salir de sus sábanas, y los labradores madrugan más que él. Es verdad que está desnudo y que hace fresco.

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo.

El otoño comienza antes de acabar el verano, en ese lapso vacuo que se enfría día a día, cuando la brisa se condensa en un viento que hace a las mujeres cruzar los brazos y las primeras mangas largas bailan por las aceras con los primeros compases del mes de septiembre. El otoño empieza una mañana, al mirar por la ventana con un halo de sorpresa, en el disfrute del primer día de cielo nublado, cuando se descubre que el que está nublado es uno mismo, cuando se precipitan las ideas caducas en un paisaje casi exótico de ropa de abrigo y olor a tierra mojada, de humedad aparente en las aceras y los alféizares que es en verdad humedad en los ojos. Es el otoño humano, el signo inequívoco de lo que se vuelve no más que latente, del cansancio con el que caen las palabras sobre unos labios o unas teclas o un papel en blanco, pensamientos marchitos, oro azul del cielo que se abriga cada amanecer con la seda fría de las mañanas. El comienzo del otoño es el inicio de todos los principios, el final de una vuelta de rueda que nos devuelve al punto del que partimos un año atrás, el universo que circunscribe todas y cada una de las palabras que jamás escribiremos, porque las palabras se pierden con el viento acuoso que ahora te despeina, como el cabello que cae en la nada de la vejez, como los momentos que ya han pasado y que jamás recuperamos, mientras miramos los rizos del horizonte.

Miras ahora por la ventana, es dulce el color del frío que se aproxima, acogedora la fiereza del temporal, suave el olor de la lluvia que se precipita invisible a tu alrededor, y te recuestas dentro de tí misma con la mordedura venenosa de la tristeza que nace cada mañana, cada lunes, cada otoño, porque saboreas la manzana doliente de la estación de las flores marchitas como se saborea el amargo edulcorado del café, el dulzor nostálgico de la acuosidad del mar o del río en el que pasaste el verano, descansando de la desdicha o jugando al juego de ser feliz. No es el otoño precipitado lo que te inunda, sino la tierna tristeza que deja la ausencia de tu felicidad artificial. Allá abajo, por la acera, los niños cargan a la espalda la mañana camino del colegio, la mirada arrasada por el primer lunes del año que es siempre como el primer lunes de nuestra vida. Tienen sus rostros llenos de novedad como los lápices marchitos y las hojas caducas de sus libros de texto. Allí está, sobre las aceras húmedas, entre los fríos haces de luz del otoño prematuro, el germen insostenible de la nostalgia que se posa sobre tu lengua como el vacío incomprensible de una dulzura ya pasada, la soledad que se extiende más allá de la piel propia, el hueco de un beso imposible que resbala sobre tus labios, el malogrado e indolente eco de la juventud.

Anuncios

2 comentarios

  1. No me gusta el otoño, pero leyendo esto me dan ganas de estar en otoño todo el año :) me encanta cómo lo dices.

  2. Esperaba con nostalgia estos días que ya llegaron. La suave melancolía que me invade cada mañana al subir la persiana y descubrir el cielo gris, el aire fresco…me gusta cada cambio de estación. LLegará un momento en que desearé con todas mis fuerzas que el invierno acabe, será a primeros de febrero, cuando buscaré con ojos expertos los primeros brotes en los árboles desnudos,el verde fresco de la primavera que me vivificará y que alejará de mi la melancolía que ahora abrazo tan feliz.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: