Archive for 29 septiembre 2008

Nublos digitales
8 septiembre 2008

Ahora se cruzan varios acontecimientos, algún recuerdo, viejas lecturas y artículos nuevos que me devuelven al momento casi prehistórico del cuaderno rojo y el bolígrafo azul, a la fina encuadernación de un libro de bolsillo con tapas negras que me aleja del brillo de la pantalla del ordenador.

Primero está la divagación de Orsai sobre el papel: la de un lector que sufre las incomodidades de un libro de mil seiscientas páginas en un vagón de tren, es decir, la de un lector que cree necesitar un cachivache electrónico que reproduzca libros digitales, que almacene bibliotecas en el pequeño espacio de un bolsillo. Llegará, pronto, el día en que transportemos los libros como quien lleva un llavero o un paquete de tabaco.

Después está el recuerdo de un día, hace tiempo, en el que charlaba con A. Infante sobre las maravillas de un artilugio aún por popularizar que alberga libros digitales y que facilita la lectura en el metro o en el autobús, un diseño cómodo, un tamaño similar al de la página de un libro de bolsillo, ligero, una pantalla mate que brille no más que lo necesario para evitar la irritación ocular; por fin, el confort de la literatura. Recuerdo nuestra conclusión lenta y tal vez romántica en exceso, quizás incluso injustificada: hoy por hoy, preferimos el libro impreso, quizás sin razón práctica.

Decía un amigo apasionado de los viajes sobre dos ruedas, que quien viaja en moto echa de menos el aire acondicionado, la música, la comodidad de un asiento, un techo que guarezca de la lluvia, pero que quien viaja en coche echa de menos la moto. Del mismo modo, el lector de de libros echa en falta la comodidad del hipertexto, la ligereza de la tecnología de última generación; el lector digital jamás tendrá el tacto del papel, el reflejo sin brillo de unas páginas donde se posa la luz suave de una ventana entornada. Recuerdo un viaje a Madrid en el que, además de una maleta llena de inutilidades, cargué una mochila con un tomo de Julio Cortázar de más de mil trescientas páginas, porque era la única edición de Rayuela que tenía en casa, y no tuve más remedio que sujetarlo entre las manos, sobre las piernas, durante diez horas de viajes en autobús, y llevarlo a la espalda a cada paso que daba paseando para satisfacer la urgencia de sentarme en alguna cafetería o algún parque a leer varios minutos.

Ahora, viene el otoño a contagiarnos con el virus de los poetas; es el tiempo de la literatura, la estación de las palabras, el momento en el que las mañanas se iluminan con la irradiación gris de unos nublos y los libros no tienen más color que el que le otorgan sus palabras. Me encontré hace unos días, después de bastante tiempo, con unos versos de Panero: «Un loco tocado de la maldición del cielo / canta humillado en una esquina». El reflejo instintivo, respondiendo a la necesidad es el de calzar unas zapatillas, y bajar a la calle, caminar hasta la Gran Vía y buscar una recopilación de Leopoldo María Panero que no había comprado hasta ahora por pereza, por olvido, tal vez porque nunca me falta algo que leer. Entro a una librería donde los volúmenes se apilan pintados por la luz del otoño, que se filtra ya por todas las cristaleras -es de un extraño color, azul grisáceo, levemente ocre a la vez-, y mientras busco el libro de Panero encuentro otro de Ángel González y una cómoda edición de bolsillo de El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán-Gómez. Por último, salgo de la librería con el bolsillo lleno de monedas rojas, apenas servibles, que es peor que tener el bolsillo vacío, y una bolsa en la mano con tres libros negros, pequeños, cómodos, pensando que los leeré cuando vuelva a casa, bajo la luz de una mañana gris, y tendrán el tacto de los nublos y el color de la lluvia nueva, las sombras difuminadas ahí donde los renglones se curvan hacia el interior del lomo, donde se hunde la vista para ahogarse en los libros y resurgir con la forma de uno mismo, con lo que yo seré, por ejemplo, mientras leo a Ángel González junto a la ventana nublada mientras la espero a Ella:

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir;
con la boca), 
[…] 

Nadie digitalizará jamás el placer de leer un libro, porque coincide en su forma y su fondo con el placer fingido de ser, no podrán reproducir las pequeñas pantallas los gradientes de color que hay en las sombras que manchan las páginas, ni el color de nicotina de sus bordes, ni los papeles anotados que a veces se encuentran entre hoja y hoja, el olor contagiado de quien lee el libro, ni el reflejo gris de los nublos en cada página. Nada, jamás, será libro salvo el libro.

Persiguiendo rostros
8 septiembre 2008

Frente a la Catedral Nueva de Plasencia hay una plaza con una fuente rodeada de naranjos. El empedrado es gris, como el cielo, y la fachada del templo está detenida en el tiempo como la brisa que parece detenerse entre las hojas de los árboles. Me he sentado a descansar de tanta mañana, de tanto trajín, de tanto andar entre rostros desconocidos, entre calles nuevas que hablan como si fueran viejas amigas: aquella de allí se inunda de gente como la calle Mesones de Granada y desemboca en la Plaza Mayor, que se parece a veces al fantasma de plaza Bibrrambla. Uno camina perdido en el ritmo sosegado de la ciudad, cruzándose con rostros desconocidos, caras anónimas, y todo se vuelve un trajín lento, un amalgama de gente extraña en la que en ocasiones se cuela un conocido: una mujer que arrastra un carro de la compra, de luto, peinada con desdén como se peinaba la vieja Manolita todas las mañanas para bajar a la frutería; un hombre vestido con rebeca negra y gafas de sol, espigado, que camina despacio como José L. Ballesteros; una moto que cruza rauda un cruce con un hombre que lleva una camisa a cuadros y una mochila roja como la de Paul Bitternut; personas que de espaldas parece ser hombres que habitaron en otro lugar y en otro tiempo. Camino entre viejos fantasmas, desconocidos que invocan durante una fracción de segundo una extraña porción de tiempo que ya no me pertenece. Atravieso la Plaza Mayor, busco referencias a otros tiempos, a otros lugares, y me pierdo en el extraño enjambre de la memoria. Así nos devuelven al pasado las paredes que conservan en cada piedra un capítulo de la Historia.

Paso a paso aparezco frente a la fachada de la Catedral Nueva, que se alza hacia el contraluz de un cielo gris. Tiempo atrás, creo recordar, esas fueron las nubes que florecieron en mis otoños. Me he sentado frente a los naranjos de la plaza a mirar el vacío que hay entre las paredes. Lejos de las calles comerciales, apenas deambulan algunos turistas fuera de temporada, una muchacha que camina con una carpeta rosa debajo del brazo, un hombre entrado en edad que lleva colgada del cuello una cámara de fotos, una mujer que posa a varios metros de distancia de él, un hombre que huye, yo, para escapar de la fotografía, para no ser un intruso fantasma. La chica de la carpeta rosa se acerca con paso presto, quizás adecúe su ritmo al latir de la ciudad allá donde están las tiendas y los bares; lleva unos pantalones vaqueros que se me antojan el sustituto de la fina falda a rayas que quizás utilizara en verano: es ella sin duda la mujer cuyo fantasma yo veía hace tiempo por las calles de Granada, pelo moreno y falda rayas, quien se cruzaba en mi camino y, al volver la cara, en el último momento, desvelaba su identidad desconocida, haciendo así desvanecerse el fantasma de otra mujer. La chica de falda a rayas, que hoy lleva una carpeta rosa debajo del brazo, tiene aún el rostro difuso por la distancia, camina con presura, mirando a veces hacia el suelo como quien busca una intriga, está cercana y al levantar la cabeza descubro en ella un rostro desconocido. Se han estremecido los naranjos por el sabor de la pulpa agridulce del recuerdo, cuando ella ha sonreído y la suave brisa, que se siente aún entre las hojas de los árboles, ha parecido confesar «en este preciso instante, está pensando en ti».

Un solo baobab
8 septiembre 2008

 

Baobab

Baobab (por raysto)

Una de las primeras ilustraciones que recuerdo es la del perezoso del principito: un hombre mirando al horizonte cósmico en un planeta diminuto que ineluctablemente va a ser destruido por tres gigantescos baobabs. Yo aún no sabía leer y hojeaba el libro, miraba las acuarelas de Saint-Exupéry, las pasaba una tras otra y volvía al principio, desde la boa que parecía un sombrero hasta la desoladora noche del desierto africano, «éste es, para mí, el más bello y más triste paisaje del mundo», escribió Saint-Exupéry, y vuelta a empezar. Había en mi casa dos ejemplares de El principito, uno en francés y otro en un español traducido en México, que fue el primero que leí, aunque eso sucedió después de haber pasado bastante tiempo observando las ilustraciones del cuento. El principito atrapa en cada uno de sus pasajes, en cada trazo de cada dibujo, sea cual sea la edad del lector; basta con abrir el libro para leer un pasaje al azar y leer «Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol», o detenerse en cualquiera de los bocetos que el aviador dibuja buscando el cordero para el principito, pero de todas las láminas recuerdo con fascinación aquella en la que sale el perezoso en su diminuto planeta a punto de sucumbir al avance destructivo de las raíces de tres baobabs gigantes.

Leí El principito tiempo después, en una segunda zambullida en el libro, una inmersión infantil en el cuento para niños que es la obra de Saint-Exupéry, y entonces lo que me maravilló fue el ingenio con que la torpe mano del aviador escondía el cordero dentro de una caja con tres agujeros. No empecé con el texto en francés hasta muchos años después, leyéndolo varias veces en paralelo con la traducción al español, empapándome por fin del libro, descubriendo que, quizás, al igual que Juan Ramón Jiménez había escrito en el prologuillo de Platero y yo, la dedicatoria de Antoine de Saint-Exupéry a León Werth debería haber sido sustituida por un aviso: éste no es un libro para niños -aunque también lo sea-.

El texto de El principito atrapa al lector, del mismo modo que sus acuarelas, gracias a su sencillez -la que le hace ser confundido con un cuento infantil, o creer la obra no más que un cuento infantil-, a una prosa que se lee con absoluta facilidad, aunque su composición sea compleja como demuestran el manuscrito y los bocetos descartados por el autor: quemaduras de cigarrillo, manchas de café, arrugas en un dibujo que fue desechado y recuperado más tarde. Saint-Exupéry no escribió El principito con la fluidez con que es leído, lidió con dibujos y palabras, descartó pasajes e ilustraciones, para construir el Universo del principito y conseguir, a través de los ojos del aviador, que la fábula fuera no sólo fácil de entender, sino también creíble. Consiguió Saint-Exupéry que sus lectores miren al cielo buscando el asteroide del principito, donde viaja la incierta existencia de una rosa vanidosa acechada por un cordero.

Entre las láminas que se descartaron en ese proceso de composición del principito, hay dos que recuerdan a la del perezoso entre los tres baobabs que casi han desintegrado el planeta: se trata de unas acuarelas que muestran al principito en su planeta, con un solo baobab cuyas raíces envuelven el hogar esférico del pequeño viajero. El principito aparece en estas láminas sosteniendo una pala y mirando el ancho tronco del baobab, en la primera con el ceño fruncido, aspecto de enojo, en el segundo con un gesto más desolador, quizás meditabundo o quizás rendido a la evidencia de la destrucción del asteroide. En una tercera lámina, el principito trabaja para eliminar cualquier rastro de baobab joven sobre la superficie de su planeta, pero su aspecto no es el del principito que aparece en el libro, los trazos que definen su figura son más rectos, las cejas picudas, los brazos parecen tensos, como si trabajaran con rabia.

El principito goza de una sencillez muy elaborada, medida. La ilustración que me fascina desde que tengo uso de razón, mucho antes de aprender a leer una sola palabra, en la que aparece el perezoso sobre su planeta, junto a sus tres baobabs que extienden imparables sus raíces, es un dibujo en el que Saint-Exupéry debió trabajar bastante tiempo a la luz de una lámpara durante noches repletas de café y tabaco, buscando una sencillez directa y de fácil comprensión. Para un niño, el descubrimiento de ése árbol gigante supone un paso más en un mundo de maravillas, para el adulto también: el mundo de El principito es sencillamente creíble, una ficción en la que resulta fácil y placentero adentrarse.

Fall
8 septiembre 2008

Ya el sol, Platero, empieza a sentir pereza de salir de sus sábanas, y los labradores madrugan más que él. Es verdad que está desnudo y que hace fresco.

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo.

El otoño comienza antes de acabar el verano, en ese lapso vacuo que se enfría día a día, cuando la brisa se condensa en un viento que hace a las mujeres cruzar los brazos y las primeras mangas largas bailan por las aceras con los primeros compases del mes de septiembre. El otoño empieza una mañana, al mirar por la ventana con un halo de sorpresa, en el disfrute del primer día de cielo nublado, cuando se descubre que el que está nublado es uno mismo, cuando se precipitan las ideas caducas en un paisaje casi exótico de ropa de abrigo y olor a tierra mojada, de humedad aparente en las aceras y los alféizares que es en verdad humedad en los ojos. Es el otoño humano, el signo inequívoco de lo que se vuelve no más que latente, del cansancio con el que caen las palabras sobre unos labios o unas teclas o un papel en blanco, pensamientos marchitos, oro azul del cielo que se abriga cada amanecer con la seda fría de las mañanas. El comienzo del otoño es el inicio de todos los principios, el final de una vuelta de rueda que nos devuelve al punto del que partimos un año atrás, el universo que circunscribe todas y cada una de las palabras que jamás escribiremos, porque las palabras se pierden con el viento acuoso que ahora te despeina, como el cabello que cae en la nada de la vejez, como los momentos que ya han pasado y que jamás recuperamos, mientras miramos los rizos del horizonte.

Miras ahora por la ventana, es dulce el color del frío que se aproxima, acogedora la fiereza del temporal, suave el olor de la lluvia que se precipita invisible a tu alrededor, y te recuestas dentro de tí misma con la mordedura venenosa de la tristeza que nace cada mañana, cada lunes, cada otoño, porque saboreas la manzana doliente de la estación de las flores marchitas como se saborea el amargo edulcorado del café, el dulzor nostálgico de la acuosidad del mar o del río en el que pasaste el verano, descansando de la desdicha o jugando al juego de ser feliz. No es el otoño precipitado lo que te inunda, sino la tierna tristeza que deja la ausencia de tu felicidad artificial. Allá abajo, por la acera, los niños cargan a la espalda la mañana camino del colegio, la mirada arrasada por el primer lunes del año que es siempre como el primer lunes de nuestra vida. Tienen sus rostros llenos de novedad como los lápices marchitos y las hojas caducas de sus libros de texto. Allí está, sobre las aceras húmedas, entre los fríos haces de luz del otoño prematuro, el germen insostenible de la nostalgia que se posa sobre tu lengua como el vacío incomprensible de una dulzura ya pasada, la soledad que se extiende más allá de la piel propia, el hueco de un beso imposible que resbala sobre tus labios, el malogrado e indolente eco de la juventud.

The end
8 septiembre 2008

(viene de Vuelo 714)

Poco antes de cumplir catorce años, a principios de verano, celebramos una pequeña fiesta de despedida los que terminamos la EGB aquel año. Hubo una pequeña ceremonia, la entrega de unos diplomas, creo recordar, y un pequeño aperitivo que debió consistir en algunos frutos secos y refrescos. En aquel salón de actos del colegio de mi barrio, con el orden propio de un colegio religioso, aunque no de curas, fuimos subiendo en pequeños grupos para recoger aquellos diplomas, obsequios, recuerdos o presentes, fuera lo que fueran, cada uno junto a uno de los cinco profesores que aguardaban de pie, en fila. Al subir las escaleras hacia el escenario, me di cuenta casi sin sorpresa de que iba a suceder una pequeña casualidad: la aleatoriedad del orden en que subíamos me situó justo delante de don Eugenio, el profesor de ciencias con el que aprendí a calcular áreas y volúmenes, velocidades finales en caídas libres, sistemas de ecuaciones, parábolas y, además, algo a lo que aún no sé poner nombre, pero que de alguna forma he llevado dentro de mí desde entonces, no sé si como piedra angular de una manera de vivir o como mero amuleto. El azar me podría haber situado en aquella despedida oficial frente al profesor de historia, o la profesora de lengua e inglés, pero mis pasos se detuvieron protocolariamente frente a los pies de don Eugenio. Fué él quien me entregó el diploma un instante antes de que yo musitara una palabra de agradecimiento que sonó poco convincente y también poco convencida, porque en aquel momento no pensé que estuviera realmente despidiéndome para siempre de la mayoría de aquellas personas -era propio de quienes siempre habíamos estudiado allí, tener en junio la certeza de que en septiembre volveríamos a sentarnos en aquellas clases que envejecían como los profesores y que, en parte, hicieron de mí un niño viejo-. Jamás volví a ver a don Eugenio, salvo en alguna ocasión en que el recuerdo urdió un sueño en el que él aparecía: era yo de nuevo un alumno suyo, ya crecido, con mi edad actual, pero dueño de la misma cabeza fugitiva que se agazapaba entre el resto de alumnos en un intento inútil por ocultar la negligencia con que había dejado mis ejercicios sin resolver -cuántas curvas olvidadas, cuántos números sin calcular, cuántas operaciones en el limbo de la matemática, cuántos triángulos sin área conocida-.

Ahora comprendo por qué no tuve la normal sensación de despedida aquel día en el salón de actos del colegio. Aunque cambié de centro, vivía en el mismo piso de siempre, de modo que los cambios que se produjeron en mi vida fueron pequeños matices: en lugar de cruzar la calle y bajar la avenida hacia el colegio, subía por mi acera hacia el instituto; en vez de salir a callejear con mis compañeros del colegio, salía por la noche con mis nuevos amigos del instituto; ya no recibía clases de don Eugenio, ni rezaba el Ave María por la mañana, pero durante un par de años don Rafael, hombre que ostentaba el difícil y honorable récord de ser la única persona capaz de ser don Rafael, corredor de pasillos de sempiterna puntualidad, nos instruía en matemáticas con la intensidad del rayo en que se convertía para ir de una clase a otra. Más tarde fui a la Facultad de Ciencias, en cuyas aulas jamás llegué a sentarme: había algo para lo que no encuentro nombre que me hacía alejarme de los números y las hipérbolas, ya se había tejido en mí la crisálida de ese extraño insecto que inocula en los hombres la necesidad de la escritura, para entonces ya prefería las calles nubladas del centro de Granada a las clases somníferas de álgebra y cálculo.

Aunque mi relación con don Eugenio nunca fue tan idílica como la de Alfredo y Totó, o como la de Pardal y su feo maestro republicano, siempre quedó un sedimento que no llegué a comprender bien hasta hace unos días. Debe ser, creo ahora, que el fantasma de aquellos años ronda aún mi devenir con alguna causa pendiente. Aquella tarde en el salón de actos del colegio, quemé una etapa de mi vida, esa en la que se construyen los cimientos del universo interior de un hombre, quizás la más importante de todas, pero no me entregué a la ceremonia de las despedidas y las lágrimas porque yo ya vivía en mi nuevo mundo, fue aquél el momento en que empecé a construir lo que, para bien o para mal, soy hoy, una sucesión de etapas inconclusas, de causas pendientes que colecciono tal vez como piedras angulares, tal vez como meros amuletos. Por eso tengo que escribir aquí y ahora, rendirme a la interminable sucesión de palabras que inunda la vida de cada hombre, porque quedan historias por contar, recuerdos enterrados, ficciones y farsas que se confunden con la verdad que otros creerán poseer. Aquí y ahora, no sé si como piedra angular de mí mismo o como mero amuleto, como una treta fugitiva, como una manera de agachar la cabeza y esconderme en el lugar en que me muestro al mundo, me hago dueño de mis mentiras.