Reflexionad (Les indignés)

8 mayo 2011 - Leave a Response

Sigo con interés, con cierta curiosidad y con algo de emoción las concentraciones de los últimos días en las plazas de las principales ciudades españolas, desde el primer germen hace semanas, que tenía algo de movimiento meramente virtual, pasando por la confusión de los primeros días, las primeras salidas a la calle en forma de manifestación, los desalojos y ahora el definitivo establecimiento de la sentada en forma de campamento. No hay forma más clara de decir “estamos aquí” que estar precisamente ahí, a pie de calle, agitando los brazos y llamando la atención.

Sigo la actualidad con la incertidumbre de las próximas horas, acercándonos a una jornada de reflexión que parece será el tiempo en que esa concentración se convierta en algo ilegal. Me pregunto si es ilegal que varios miles de personas alcen la voz y digan: “estamos aquí”. Que hay un pueblo y que ése pueblo debe ser el dueño de su destino es una de esas obviedades que de vez en cuando nos vemos obligados a recordar. Qué mala memoria tiene a veces el ser humano, qué peligroso resulta cuando el gobernante se confunde con el poderoso, qué injusto cuando los poderosos son sólo unos pocos.

Sigo las concentraciones también con admiración, con la sensación de que recordaremos estos días como aquellos en los que varios miles de españoles se levantaron para reclamar algo y no necesitaron utilizar la violencia para hacerse escuchar, bastó su sola presencia ¿Existe algo más poderoso que el intento de hacer un mundo mejor sin utilizar más fuerza que la razón ni más violencia que la de la presencia pacífica? Pero me gusta más aún que el mensaje sea de unidad, que se cuenten las personas por miles y manifiesten su heterogeneidad ideológica, que la protesta no sea de un grupo contra los demás, que no se trate de una propuesta como alternativa a otra ¿Estarán realmente, de una vez por todas, las dos españas unidas en una plaza? Me gustaría pensar que sí.

Hace poco más de una semana leí Indignaos, el libro de Stéphane Hessel que tanto ha dado que hablar últimamente. Se trata de un pequeño texto que invita a la indignación, a la agitación ideológica no violencia -algo muy similar a lo que sucede en las plazas de España estos días- y que se argumenta en la posibilidad de cambiar el sistema saliendo de la comodidad del sofá. Leí el libro y pensé que el título era una mera estrategia de marketing: debería haberse titulado Reflexionad, reflexionad porque debéis ver más allá de lo que os cuentan, reflexionad porque tenéis el deber de ser críticos con el sistema y con lo que veis, reflexionad porque no es necesario estar de acuerdo con todo, reflexionad porque existen alternartivas y, ante la injusticia, indignaos, indignaos con toda la fuerza de la razón, sin un ápice de violencia, pero indignaos.

Entiendo las manifestaciones de estos días como una forma de espolear la razón de la ciudadanía: reflexionad, reflexionad y si lo creéis conveniente indignaos. Y con ese nombre se refieren los medios de comunicación a los manifestantes: los indignados. Pero el mensaje, que lucha por escapar de todo signo político, llama a al razonamiento: reflexionad, reflexionad e indignaos. Esta noche, cuando comience la jornada de reflexión, la concentración, si no prosperan los recursos, se convertirá en algo ilegal, y entonces, desde la ilegalidad, esos miles de personas con su sola presencia estarán diciendo: estamos aquí, reflexionad, reflexionad en la jornada de reflexión. Y las leyes, que a veces nos parecen absurdas, estarán diciendo que, en aras de preservar la libertad de reflexión de cada cual, no podemos llamar a la reflexión.

¿Pero cuál será la propuesta? ¿Cuál es la alternativa sobre la mesa? La respuesta es fácil: aún no hay, y me atrevo a decir que no la hay porque no es necesaria, no es necesaria en este preciso instante, será necesaria el lunes, será necesaria cuando llegue el momento de trabajar. Ahora es el momento de abandonar las quejas y no lamentarse nunca más, de estimular la razón y la autocrítica, ahora es el momento del pensamiento: reflexionad, reflexionad e indignaos.

Algo tiene Morente

8 diciembre 2010 - Leave a Response

«El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta, y del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos y líneas, salió por los canales para oír cantar a los marineros borrachos.

El Duende, frente al ángel y musa.»

Federico García Lorca. Teoría y juego del Duende.

Algo tiene Enrique Morente que muchos nos hemos revuelto en un amargor desconsolado al tener la noticia de su enfermedad.  Algo tiene Morente que horroriza pensar en la posibilidad de su muerte, en la tristeza del vacío que dejará. Algo tiene, aunque Morente sea no más que una firma en un puñado de discos en la estantería de casa.

Algo tiene Morente, y hay que contarlo, por si alguien aún no lo sabe, que al cruzárse con él por las calle de Granada se  sorprende uno, porque Morente no aparece por las aceras, sino que forma parte de ellas de una manera mundana, qué grande, y después se queda uno atolondrado, porque la de Morente es la cara de una de las obras músicales más importantes de finales del siglo XX y principios del XXI.

Creo recordar haber leído que en 2008, cuando se publicó Pablo de Málaga, su mujer le dijo “por fin haces un disco en condiciones”, y pese a eso algo de talento divino tiene Enrique Morente, que ha sabido encajar con Amaral o con los Planetas su voz de flamenco heterodoxo, la misma voz que cantó por Miguel Hernández, o por Lorca. Algo tiene el genio, que es capaz de cantar canciones de Leonard Cohen, y además hacerlo bien.

Yo, que tengo el oido muy duro y desgraciado para el flamenco, pasé muchos sábados por la mañana quejándome de los quejíos flamencos de Morente cuando mi madre ponía Sacromonte los sábados por la mañana. Morente tarda en entrar, hay que desgranarlo, hay que hacerse a él, porque la mezcla de sabores que hay en su música requieren de un esfuerzo, de un aprendizaje. Paśe los años más dulces de la Universidad escuchando el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick (conseguí domarlo diez años después de su publicación), descubriendo un matiz distinto en cada escucha, estudiando Poeta en Nueva York a al vez, y con pequeños escarceos en algún espectáculo flamenco de la ciudad de Granada.

Qué altos vuelos tendrán las musas de Morente que fue capaz de inventar, de mezclar, de reformar el flamenco y la música, de versionar, no como mero experimento, sino aportando a la obra, sumando, mejorando, añadiendo ese sentimiento casi innombrable al que llaman Duende, ése que se reconoce en las escasas formas de arte que emocionan por sí solas, a la primera, en frío, como Morente cuando cantaba en La aurora de Nueva York de Lorca, los inéditos Sacerdotes de Cohen «¿Quién te escribirá canciones de amor cuando yo sea Señor al final y tu cuerpo la capilla blanca de un camino donde mis sacerdotes por ti rezarán?» o cuando hacía suyas las palabras de Manuel Machado: «Yo pensaba haber cogido la naranja y el azahar, con hacer leña del tronco me tuve que conformar»

Algo tiene Morente, que encaja en su obra palabras de tantos dialectos musicales, que atrapa y emociona. Algo tiene que nadie quiere perderlo.

Las otras vidas

8 octubre 2010 - 2 comentarios

Cuando ella leía, en aquella habitación con olor a velas o incienso, junto a la ventana que daba a un jardín que separaba la casa del ruido del tráfico, bajo las últimas luces de la tarde, escuchando un recopilatorio de Los secretos o algún concierto de Ismael Serrano que le hacía recordar un tiempo que, quizás, jamás le perteneció, tenía el pelo pintado de reflejos o de sombras y el rostro iluminado por un extraño color dorado, a la vez otoñal y floreciente, y matices de tinta que a veces a veces fingían siluetas inexistentes en su cara cuando, sin darse cuenta, se acercaba una pluma a la mejilla, y cuando se giraba hacia la cama, en el rincón más oscuro a la habitación, veía mirándola a un hombre que no era yo.

Cuando fuimos artistas, o fracasados, yo pasaba las noches escribiendo en una habitación, en un barrio sobre una colina en una ciudad pequeña de interior que no tenía más sangre que los cerezos ni más sombra que la umbría arquitectura de su penumbra . Dediqué meses a escribir mi primera novela. Nunca llegué a terminarla y los mecanoscritos de aquella época se perdieron durante varios años en alguna carpeta de cartón que sobrevivió a varias mudanzas hasta una mañana en que la encontré entre varios trastos olvidados y la tiré al contenedor de reciclaje sin hacer ademán de releerla. Fue mi última novela, una obra inacabada de un artista que moría joven o de un intelectual vencido por el romanticismo de la bohemia o por la sugerente belleza del arte exclusivo, individual de puro selecto. En aquella casa no había ni un solo personaje: sólo sombras llenas de fantasmas literarios y novelas que no existían.

Imagino que nos podríamos haber cruzado en alguna ciudad de la costa, paseando sobre el enlosetado gris de una plaza cuyo nombre he olvidado, ella con su flequillo recto sobre los ojos, una camiseta de tirantes y una falda de tela fina a rayas, yo con mi viejo abrigo largo con la capucha mal colocada sobre la espalda, desafeitado como un cielo de otoño, y oscuro como una canción de finales de los años ochenta (también en tiempos distintos podría haberla imaginado caminando cerca de mí, incluso en un lugar remoto, aunque fuera en un instante breve e inexistente, amparado en la compasión imaginaria de las otras vidas, las que no nos pertenecieron y que no fueron ni arte ni literatura ni ensayo, tan solo un extraño suspiro de la ficción).

Lecturas de verano

8 agosto 2010 - 2 comentarios

Ultimo los últimos trabajos de la semana pensando en los libros que llevaré en la mochila durante los pocos días de vacaciones que tendré este año.

Últimamente tengo en la mesa, siempre a mano, además de Poeta en Nueva York,  un par de libros de cuentos muy interesantes: uno de Dostoyevski, otro de Pío Baroja. Miro de soslayo las últimas novelas de Philip Roth, Paul Auster y Antonio Muñoz Molina, pero desde la estantería que hay justo a mi derecha reclaman mi atención Pérez Galdós y Unamuno. Creo que no leeré a Stieg Larsson este año tampoco, porque me debo un rato con Virgina Woolf y, sobre todo, con Chesterton.

Me apetece también releer Tiempo de Silencio y sé que debo sumergirme de nuevo en La hierba roja de Boris Vian. Me he dejado para el verano que viene los clásicos griegos, hacia los que siento un vértigo de lector amateur. Hace tiempo que no leo Platero y yo ni El principito, y quiero también recordar los Siete manifiestos dada, por si se me olvida que hay ciertas cosas que no tienen sentido.

Borges está ahí también, me apetece vovler a Jim Botón y Lucas el Maquinista de Ende, porque esa clase de literatura infantil es la que me ha hecho (una literatura sin magia, sino con dragones y locomotoras personificadas de una forma lógica, coherente dentro de la novela). Las traducciones que Cortázar hizo de Edgar Allan Poe llevan año y pico en la estantaría llamándome y ahora que las veo recuerdo que quiero releer Rayuela, porque es un libro que nunca se termina de leer (eso es una ventaja).

Google publicó hace unos días la cifra del censo de libros de la historia de la humanidad, es un número que no recuerdo, ni falta que hace. Uno no sólo no tiene tiempo de leerlos todos a lo largo de una vida, sino que además llavaría décadas leer los imprescindibles. Entenderlos, será también complicado.

Reviso el estante de las pocas obras chinas que tengo y me reencuentro con El corazón de la literatura y el cincelado de dragones, que es el ensayo literario con el título más bello que se ha escrito jamás, y lo devuelvo a su sitio. El año que viene, el verano que viene, tengo que haber hecho todo esto de terminar con la procrastinación literaria.

Pasados y otros pasados

8 julio 2010 - Comentarios desactivados en Pasados y otros pasados

Hoy he pasado por la puerta de la Iglesia de San Ildefonso y he recordado que allí se casó Ángela -no recuerdo cuándo, sólo sé que debe hacer ya unos cuantos años-, subiendo por la Calle Real he comprado una bolsa de patatas fritas en el asadero Kiki y he visto la persiana cerrada del Horno del Progreso, que era una panadería que expandió sus fronteras y abrió un despacho en el barrio donde yo vivía a finales de los años noventa.

Granada es un mosaico de recuerdos esbozados en pinceladas que ahora se me antojan de color sepia, un álbum de recuerdos de una vida que en realidad parecen varias vidas pertenecientes a otras personas, porque en las calles del mismo barrio habitan espectros de tiempos cruzados en pasados imprecisos,  el fantasma de un niño que caminaba oliendo la fruta expuesta en la calle, de la mano de una abuela que arrastraba un carro de la compra camino de la panadería o de una carnicería que estaba en el Barranco (el Barranco era una calle con asfalto, normal y corriente, en la que no había ningún peligro de despeñarse o de sufrir vértigos innecesarios acercándose demasiado a ningún borde). Veo también al universitario que subía hace unos años hacia la Filosofía y letras, caminando despacio, como a la deriva o como un turista extranjero, por un barrio que conoce desde que tiene uso de razón pero que sigue observando con un interés despistado y a la vez analítico, porque lleva por equipaje una mochila llena de apuntes desordenados y folios en blanco, y sobre todas las cosas algún libro de Boris Vian- una obra de teatro cuyo título ya he olvidado-, un estudio comparativo de las músicas negras en la obra de Lorca, o quizas un pequeño librito con poemas de la dinastía Han -recuerdo haber leído por aquella época a Balzac, a Camus, a Nothomb, y haberme dejado llevar calle arriba, calle abajo, entre la facultad y el jardín que construyeron en el Cuarto Real de Santo Domingo, donde me sentaba a leer algunas tardes a la hora del atardecer, siempre el mismo, siempre repetido una y mil veces-.

Recorro las mismas calles que hace dos, cinco, diez años y recuerdo vidas diferentes que son en realidad la misma -parece el tiempo, más que el hilo de cobre de una línea de teléfono, un tapete de ganchillo tejido en nudos como fotografías que nunca hice, momentos irrepetibles que ahora no soy capaz de capturar con la cámara réflex colgada al hombro. El Paseo del Salón ahora tiene la tierra prensada y una sensación de extensión extraña, como si se hubiera convertido en un parque medido, diferente al polvoriento espacio fantasmal por el que yo pasaba algunas mañanas camino de la facultad de ciencias, cuando aún era un alumno de instituto arrastrado a ámbitos universitarios que prefería pasear por el Albaicín una mañana de lluvia en lugar de asistir a aburridas clases de mecánica de fluídos en las aulas que empezaban por la letra efe. La calle Puentezuelas ahora es peatonal y yo ya no correría ningún peligro de atropello si caminara hacia la Facultad de Traducción e Interpretación, siempre con cinco minutos de retraso, escuchando el último disco de The Killers en lo que entonces era un moderno reproductor de MP4, y parezco otra persona en la medida en que no me reconozco en mis propios pasos, en la medida en que ese fantasma ha sido olvidado o negligentemente obviado por quien debía encargarse de recordarlo, y pienso que se me caen los pasados como a quien una mañana pierde varios pelos caducos de las sienes.

Reformaron la Gran Vía pero el edificio del Banco de España sigue siendo el mismo edificio de un color gris que me recuerda al gris que yo imaginaba en las calles de Madrid cuando tenía apenas tres o cuatro años, el mismo gris de los pantalones de un chándal de algodón, un gris similar al que imitan todos los demás colores en las tardes de invierno cuando los nublos de lluvia densa prolongan las sombras por todos los resquicios de la ciudad. Y ahora, cuando paseamos por la nueva Gran Vía, alguien que dentro de unos años parecerá otra persona y que ahora es un turista que camina con una cámara réflex va de la mano de una mujer con la cara sonrojada por el sol y mira los escalones del Banco de España, de un gris infranqueable por el sol sofocante del verano, y Alicia me dice «aquí fue donde quedamos la primera vez que vine a Granada», y la noche de aquel verano no muy lejano se abre paso entre los modernos luminosos de las paradas de autobús y de los lentos taxis y de personas que se confunden y me hace pensar que ya soy otro, diferente al fotografíado en el instante inmediatamente anterior al que vivo ahora, el tiempo ha modificado mi estructura y mi cuerpo es otro, otra mi sangre*, y este verano parece un otoño en el que dejamos caer otra fotografía caduca, pincelada de granos de café de una noche julio, sobre las calles de una ciudad que conoce a otros hombres que se parecen al cuerpo translúcido que un día fui yo.

* Ver

Tiempos

8 enero 2010 - 2 comentarios

Es la misma lluvia, no lo suficientemente fría como para ser nociva, la misma noche, el mismo abrigo negro, largo, que se moja a la altura de la rodilla, el mismo hombre que tira de una solapa y la extiende para tapar el cuello, como cobijándose en sí mismo, gotas idénticas que caen sobre una ciudad diferente. Es confusa y contradictoria la atmósfera: el aire frío tersa la piel del rostro a la vez que el pecho se incendia bajo el abrigo. Las manos transidas, pálidas y amoratadas, se ciñen a unos bolsillos demasiado estrechos -es casi doloroso el roce de los nudillos con cualquier tejido, el paso del viento, suave y afilado, junto a las mejillas-; como en un sueño, el lugar es extraño pero los rostros que bailan por las aceras resultan familiares, como en un sueño en el que una persona que nos es familiar surge en un lugar desconocido.

Ha recordado el reflejo de alzar la mano o la voz, abrir la boca y ahogarse en aire gélido, para saludar a un vecino o conocido. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que se paró a hablar con alguien en una esquina? ¿Cuál fue la última vez que detuvo su paraguas junto a un comercio para felicitar el año nuevo a un vecino? Ahora un impulso instintivo le hace abrir los ojos levemente, sonreír quizás, y saludar a alguien con quien se cruza, alguien a quien no reconoce en un primer momento, que puede ser el padre de un antiguo alumno o alguien que regentó la panadería del barrio algunos meses, tiempo atrás; pero se da cuenta al instante de que es un desconocido y le sorprende el hecho de haber olvidado, por un segundo, que está en un lugar extraño.

Sin embargo, esta nueva ciudad es tan desconocida como aquella otra en la que vivía antes: la configura una trama de calles, algunas de ellas aprendidas por costumbre, otras que se extienden por lugares extraños por los que a veces se aventura a pasar, sin desviarse de su camino habitual para no sufrir retrasos -porque ahora todo exige una puntualidad ineluctable, el tiempo ha dejado de ser aquel líquido, que fluía como la lluvia sobre un rostro, y se ha convertido en una rejilla férrea-.

El tiempo en el que vive ahora se cruza con un momento del pasado: en un callejón al que ha llegado por azar se ilumina, como una gruta en la tiniebla, un pequeño taller de tapicero con las paredes desnudas y blancas y la luz fluoreceste y temblorosa, como de morgue. Entre los retales y algunos sillones desvencijados se yergue lo que al principio parece una cara, después descubre que sobre el respaldo amputado de un sofá una tela se tensa mostrando una ilustación que vio hace ya algunos años: el rostro de la cortesana china Yang Guifei ha sido tintado sobre el tejido y contempla vanidosa un brillante o algún otro tipo de joya.

Se mezclan la calidez monzónica de la ilustración y el frío terso del aire de diciembre, recuerda la el tacto húmedo de un viejo libro de teoría literaria (era frecuente, entonces, que la lluvia fuese una sorpresa fruto de la negligencia, y que el frío y el agua le sorprendieran leyendo en algún parque o en el pasillo desierto de alguna facultad). Él, detenido ante el camino a seguir, congelado durante unos segundos en el cruce de dos tiempos remotos, reconoce sobre su rostro la oscuridad de la misma noche, la misma lluvia.

París

8 agosto 2009 - 9 comentarios

París era una mancha oscura: un borrón turbio en la esperanza de unos, una calle húmeda y nocturna, llena de putas, en la memoria de otros. Habíamos leído Rayuela tantas veces que nos creíamos cómplices de una vida Bohemia que jamás conocimos.  Nos reuníamos, es cierto, y escuchábamos a John Coltrane y bebíamos whisky de marcas cada vez más caras, pero yo nunca estuve en París, ni vi el cielo derramarse sobre el río Sena esperando a una Maga casual que, cruzando un puente, me mirara desde el cobijo amarillo de su paraguas. París era un sueño lejano, el eterno porvenir de una conquista que nunca llegó, un póster de la Tour Eiffel tras el humo espeso de varios cigarrillos rubios; París era un ente ajetreado, Nuits de Saint Germain des Prés, un clarinete sutil y suave como la soledad en el recuerdo imaginario del cuello de una mujer morena, esa mezcla de olor a perfume y a piel, a lana de jersey de cuello alto, a silencio.

Cuando íbamos al ático, a Espiga le gustaba barajar las cartas sosteniendo el cigarrillo entre los labios, debía ser consciente de que el ceño se le fruncía en un rictus de piedra y humo, los demás charlaban y la Gran Vía de Granada efervescía lejana, como lava, como purgatorio, un encontronazo henchido de desengaño, un París pero al revés. Las ciudades nos reflejan tal y como somos, vísceras invertidas de hombres que un día soñaron con París, Londres, Nueva York; espectros sonoros, ébano enmascarado, veneno al fin  y al cabo, clubes de Jazz improvisados en un callejón con cartas demasiado caras para estudiantes. Nosotros teníamos a Django Reinhardt y a Pete Fountaine, sus fantasmas tocaban desde aquel equipo de música de A. Infante escondido en un mueble a la manera de un sarcófago o una botella de licor. Espiga detenía la mezcla de las cartas, escuchaba el clarinete, dulcificando su rostro con el sonido, me miraba y señalaba el vaso vacío de ron, lleno de hielo y de hielo derretido, luego repartía siete cartas a cada uno mientras yo rellenaba los vasos de todos. Qué sed de olvido ¿Pero olvido de qué? Apenas levantaban nuestros recuerdos la más leve de las menos gratas melancolías.

Yo pensaba en Baudelaire, «il me semble que je serais toutjours bien là où je ne suis pas», pero realmente se estaba bien en aquel París fingido del ático: había un bálsamo de alcohol dentro de cada uno de nosotros, había un agridulce sonoro en la habitación, París era un espectro congelado tras el humo de tabaco rubio y el Yo invertido de la ciudad se nos hacía tan lejano que parecíamos otros. Aprendimos a escribir poemas que nadie entendía, tañíamos  la guitarra con el talento de un taladro – salvo A. Infante, que siempre tuvo un tacto exquisito- y Espiga cantaba a veces o nos hablaba de Satie y de Bach. Pensaba yo por aquel entonces que el mundo se nos había quedado pequeño: cuarenta cartas de una baraja, setenta centilitros por dos botellas, sesenta y dos metros cuadrados de ático sobre varios centenares de metros de Gran Vía ¿Qué son los números en comparación con lo inconmensurable? Los deleites estaban siempre más allá, más lejos: Munch, Joyce, Ellington, Marilyn Monroe, esa extraña sensación turbia que volvía las calles del color del whisky.

Y nuestra eucaristía se extinguía cuando ya sólo quedaban en al calle borrachos y operarios que los azuzaban a golpe de manguera, el suelo mojado, un zigzagueo translúcido de vuelta a casa mientras amanecía por detrás de la Sabika y el río Genil parecía un cementerio. Allí las distancias se confundían con lo inconmensurable, el espesor del tiempo con el de la saliva, y la esperanza se convertía en una mancha oscura que el tiempo se encargó de desleir y de la que sólo nos quedó la medida exacta de la derrota: el punto en el que la esperanza se convertía en un recuerdo fingido, aquellos días en que no estuvimos en París.

Frogs

8 junio 2009 - Leave a Response

Do you think Noah had to bring extra insects to feed the frogs? If so, were they told ahead of time they were the food insects versus the repopulating the world insects and if so to that, were they in a cabin like coach where they had to bring pre-purchased snacks?

Zach Braff

¿Crees que Noé tuvo que llevar insectos demás para que comieran las ranas? Y si fue así, ¿se les dijo de antemano que eran los insectos de comida en lugar de los insectos que iban a repoblar el mundo? Y si fue así, ¿viajaban en una cabina a parte donde tenían que llevar comida envasada?

Más o menos, Zach Braff

Plumajes

8 mayo 2009 - Una respuesta

El pavo real abrió su abanico de colores irreales. Quise distinguir una mirada soberbia atisvando a la hembra, pero la timidez del ave le hizo girarse hasta recoger su plumaje en una larga cola turquesa. Al alejarme unos metros, el pavo volvió expandir su hemiciclo cromático. Lo agitó con intensidad de electrocución, generando un sonido tribal que, por desgracia para el insistente animal, fue ignorado por la hembra que picoteaba invisibles migas de pan por el jardín. Yo me alejé hacia el porche y me senté a la sombra, que se confundía ya con las primeras luces de la noche. Tras la sierra, el atardecer era malva, volviéndose de un morado cardenalicio sobre algunas nubes perdidas, oscureciéndose sobre mi cabeza y en el cielo que quedaba a mi espalda -tras la casa-. Olía más que a los rosales a lejana candela y a aire fresco, aromas relajantes que me inspiraron una placentera sensación de sueño y al pobre pavo le hicieron desistir -los pavos, según me han dicho, obtienen mejores resultados en ciertos rituales a tempranas horas de la mañana-.

A estas horas, casi siempre, suelo pasear yo por el camino del cementerio. Salgo de casa y sigo la carretera que atraviesa los olivares, paso la vaquería hacia el norte y subo la cuesta hasta que veo un poco más abajo los cipreses tras el muro blanco. Doy la vuelta entonces, me detengo a mirar la superficie rugosa de una almendra -me llama la atención la superficie lisa que se vuelve rugosa al acercar la vista y velluda al mirar aún más de cerca- y para cuando vuelvo a casa varios jóvenes se han congregado en la calle: hacen acrobacias con sus motos de pequeña cilindrada, aceleran sus motores, graznan a la par sin ton ni son,  mientras algunas chavalas conversan entre ellas mirándolos de reojo. Yo recuerdo esa edad todavía, pero el tiempo debe haber borrado de la memoria los detalles humillantes, yo no hacía acrobacias temerarias y, por qué no decirlo, poco estéticas, provocadas por un torrente incontenible de hormonas, en absoluto -las hormonas sí las recuerdo, cómo no, dicen que se van pero se quedan-.

Me pregunto entonces por qué la naturaleza ha sido injusta, por qué el mundo se reparte mal y da al pavo, ave inferior, semejante escala de colores, tal tendencia a la elegancia y la sutileza, mientras el ser humano se limita a forzar unas máquinas alimentadas por un líquido negro, derivado del petróleo, haciendo sonar unos motores que rugen con potencia ciertamente ridícula. No se confundan: no siento una admiración poéticamente cursi por la belleza del plumaje de ningún ave, es que detesto hasta la locura el estruendo de esa máquina infernal a la que llaman ciclomotor.

Desnuda

8 mayo 2009 - 2 comentarios

Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

Una Mujer Desnuda Y En Lo Oscuro. Mario Benedetti (Fallecido hace unas horas en Montevideo).